La “tregua” en Medio Oriente duró lo que dura una promesa en tiempos de
guerra: nada. Israel lanzó una ofensiva masiva contra Líbano que dejó al menos
254 personas muertas y más de mil 165 heridas en uno de los episodios más
violentos recientes en la región.
El gobierno libanés no tuvo margen para matices: decretó luto nacional. Porque
cuando las cifras se cuentan por cientos, ya no hay discurso que alcance.
El ejército de Israel confirmó que se trató de su mayor ataque coordinado
contra Hezbollah desde el inicio de la escalada del conflicto, vinculado a la
guerra con Irán. El dato es brutal: más de cien bombardeos en apenas 10
minutos sobre territorio libanés, un país cuya extensión es comparable al
estado mexicano de Tlaxcala.
Sí, en lo que dura una canción, un país entero fue sacudido por explosiones.
El grupo armado Hezbollah no tardó en responder. Durante la madrugada, lanzó
cohetes hacia el norte de Israel, asegurando que se trata de represalias por las
violaciones al alto el fuego. El mensaje fue directo: la respuesta continuará
mientras siga la ofensiva.
Y así, el ciclo se repite.
En las calles de Beirut, la escena fue la de siempre en la guerra… pero nunca
normal: edificios colapsando sin aviso, columnas de humo elevándose y
personas corriendo entre el caos. Imágenes captadas por agencias
internacionales muestran autos destrozados, incendios activos y equipos de
emergencia tratando de contener lo incontenible.
Los ataques no se limitaron a una sola zona. Medios libaneses reportaron
bombardeos en el sur, el este y regiones montañosas como Aley, ampliando el
alcance de una ofensiva que dejó claro que la “tregua” era más frágil de lo que
parecía.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa, condena, se pronuncia… y
el conflicto sigue escalando.
Porque en Medio Oriente, las pausas no siempre son paz. A veces, solo son el
silencio antes del siguiente ataque.

