Por: Luis Antonio Santillán Varela

El Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México es un ícono cultural y arquitectónico, pero su majestuosidad oculta una historia de luchas épicas contra la naturaleza y la inestabilidad política. Su construcción, que se prolongó por más de tres décadas, fue una odisea marcada por un terreno caprichoso y una revolución que paralizó al país.

El suelo traicionero y el peso de la ambición
El ambicioso proyecto comenzó en 1904, bajo el gobierno de Porfirio Díaz, quien encargó al arquitecto italiano Adamo Boari la creación de una obra monumental para conmemorar el centenario de la Independencia de México. El diseño, una mezcla de art nouveau y art déco, era tan grandioso como el reto que representaba su ubicación: un terreno pantanoso, vestigio del antiguo lago de Texcoco.
Desde el inicio, el peso de la estructura, con su pesada cúpula de acero y toneladas de mármol, comenzó a causar un hundimiento considerable y desigual. El palacio se iba sumergiendo lentamente en el subsuelo, un problema que los ingenieros de la época intentaron mitigar sin éxito. Hoy en día, el edificio se encuentra varios metros por debajo del nivel de la calle, una cicatriz visible de esta batalla contra la geología.

La Revolución y el silencio de las obras
Cuando los trabajos avanzaban, el estallido de la Revolución Mexicana en 1910 detuvo abruptamente la construcción. El caos político y la falta de fondos hicieron que el proyecto fuera abandonado por más de veinte años. Adamo Boari regresó a Italia, y lo que se suponía que sería una joya arquitectónica se convirtió en un esqueleto de concreto expuesto a la intemperie.

La obra solo se reanudó en 1932, bajo la dirección del arquitecto mexicano Federico Mariscal. Su tarea no era solo completar el palacio, sino también solucionar los problemas estructurales dejados por el hundimiento y el deterioro. Mariscal integró elementos del art déco, utilizó materiales más ligeros para mitigar el peso y, finalmente, logró culminar el proyecto que parecía maldito.

El 29 de septiembre de 1934, el Palacio de Bellas Artes abrió sus puertas. Aunque tardó más de 30 años en completarse, el edificio se erigió como un testamento a la perseverancia y la capacidad de resiliencia del pueblo mexicano, un faro de cultura que se negó a ser vencido por el destino.

Porelnuevograficodehidalgo

El Nuevo Gráfico de Hidalgo El Periodismo es una ventana hacia la historia, donde cada día se aprende