Opinión de: Luis Antonio Santillán Varela
La música electroacústica, surgida en los estudios de grabación europeos de la postguerra
—impulsada por la experimentación de equipos como el de Karlheinz Stockhausen en
Colonia—, no fue un mero ejercicio técnico. Su nacimiento estuvo anclado a un contexto
brutal: la devastación de la Segunda Guerra Mundial y el trauma del Holocausto. El
desequilibrio existencial generado por la "industria de la muerte" nazi se expresaría a través
de los sonidos maquinales. Frente a esta génesis, la obra del compositor chileno José
Vicente Asuar (1933-2017) se erige como una bisagra entre la tradición y la conquista
sonora. Asuar mismo argumentó en 1963 que la música electrónica no representa una
ruptura, sino una prolongación de nuestra tradición, perpetuando la inquietud por nuevas
conquistas sonoras. Sin embargo, la manera en que logró esta prolongación fue
radicalmente nueva.
La Fría Poesía de la Máquina
Asuar, mediante su sintetizador COMDASUAR, llevó la composición a la esfera de la
matemática pura. Utilizando programas para crear música, manipulaba juegos y
probabilidades sin que él pudiera conocer de antemano el resultado sonoro. Su proceso se
basó en una aleatoriedad electrónica que le permitía "descubrir" música a partir de
propuestas caóticas y sin sentido aparente, generadas por la frialdad de la máquina. La
computadora se convertía en la fuente de inspiración, desplazando a la voz y a la
naturaleza. Esta aproximación tuvo consecuencias profundas para el rol del músico. Asuar,
convencido de que la tecnología transformaría drásticamente la actividad musical, planteó
el desplazamiento del intérprete humano, que sería sustituido por los altoparlantes como
fuente sonora sobre el escenario. El álbum El computador virtuoso (1973) ejemplifica este
desafío. Al tratarse de interpretaciones computacionales de obras doctas de Bach, Chopin o
Debussy, la máquina demostró la capacidad de alcanzar una precisión electrónica
perfecta, ejecutando piezas a una velocidad inconcebible para las manos y el cerebro
humanos. Pero aquí se halla la paradoja crucial: al aplicar la lectura computacional a
partituras románticas o impresionistas, se produce una degeneración o despersonalización
de los autores. La interpretación mecánica elimina la sensibilidad y emocionalidad
humanas. Escuchamos una música continua, carente de rubatos, dinamismos espontáneos,
pausas o recogimiento; una música que nunca descansa.
El Reencuentro con el Cosmos
Lo verdaderamente notable de la exploración de Asuar es que, al llevar la técnica
electrónica a su máximo nivel, se acerca a un ideal musical olvidado: el concepto pitagórico
de la música de las esferas. El poder manipular el sonido, los timbres y el ritmo a través de
la computadora acerca la música electrónica a la búsqueda de una representación más
verdadera del entorno natural y una aprehensión del cosmos. Asuar y otros teóricos
identifican en la música electrónica la posibilidad de evocar la naturaleza no tanto por sus
sonidos, sino a través de su comportamiento impredecible y caótico. Esto es lo que
Boecio llamó musica mundana: la armonía de los planetas, los ciclos duales del tiempo y la
fundamentación del cosmos. Se requiere de complejas y precisas máquinas tecnológicas
para lograr lo que no puede alcanzarse por el camino tradicional de la música instrumental
y vocal. Hay un desplazamiento radical: la creación musical pasa de las estructuras
formales y la armonía ligada a los acordes, a la organización de sonidos y efectos
electrónicos aislados en un espacio de continuo movimiento sonoro. Asuar vislumbró que
quizás la música electrónica sea la etapa que conduzca al florecimiento de ese antiguo ideal
musical perseguido por los fundadores de nuestra tradición occidental. La obra de José
Vicente Asuar nos obliga a preguntarnos si esta música —fruto de la tecnología más
avanzada— es la más pura expresión de los movimientos descritos en la música de las
esferas. Es la demostración de que la conquista de lo artificial, de lo maquinal, puede ser
paradójicamente el camino más fiel para capturar la conmoción que nos provoca la
naturaleza y el universo. La música electrónica, entonces, no es solo un conjunto de sonidos
artificiales y aislados, sino un continuum sonoro que intenta reflejar la estructura incesante
y precisa del universo. Si la música instrumental era un espejo de la emoción humana, la
música electrónica de Asuar aspira a ser un eco de la mecánica cósmica.

