La presidenta Claudia Sheinbaum salió a poner orden —o a intentar ponerlo— en
el debate público sobre la polémica reforma electoral, que desde hace semanas
tiene a México trepado en el drama político como si fuera novela de horario
estelar. La mandataria aseguró que la reforma no busca desaparecer lo que
funciona, ni mucho menos llevar al país hacia un “régimen autoritario”, como
han sugerido opositores, analistas, tuiteros, opinólogos y cualquier persona con
internet.
Según Sheinbaum, la reforma es más una especie de “limpieza general”: quitar
duplicidades, ahorrar dinero, simplificar procesos y modernizar instituciones.
Todo muy bonito, muy administrativo, muy “no pasa nada”. Pero claro, en
México, cuando alguien dice “tranquilos”, automáticamente medio país se pone
nervioso.
La presidenta rechazó categóricamente que el plan sea debilitar al INE,
controlar elecciones o centralizar el poder. Incluso dijo que quienes hablan de
autoritarismo “mienten descaradamente”. Traduciendo: los opositores están
echando chisme.
Pero el contexto no ayuda. Entre reformas, contrarreformas, cambios en
órganos autónomos y el eterno debate sobre si México avanza o retrocede,
cualquier modificación genera sospechas. Y Sheinbaum lo sabe, por eso intenta
vender la reforma como algo práctico, técnico, casi aburrido. El problema es
que, políticamente, nada es aburrido en este país.
Las redes sociales, por supuesto, hicieron lo suyo:
– Unos aplaudieron, diciendo que por fin se acabarán los excesos.
– Otros gritaron que vamos directo a un régimen duro.
– Y algunos simplemente publicaron memes porque, bueno, es internet.
Lo cierto es que la discusión seguirá encendida. La reforma electoral es un
tema delicado que toca fibras profundas: confianza, democracia, instituciones y
el miedo histórico a que el poder se pase de lanza.
Por ahora, Sheinbaum insiste en que la reforma no borra lo que funciona, solo
ajusta lo que está de más. El tiempo dirá si tenía razón… o si los escépticos
tenían motivos para preocuparse.

