El Grupo Financiero HSBC anunció el nombramiento del excandidato
presidencial José Antonio Meade Kuribreña como presidente de su Consejo de
Administración. Un movimiento que confirma que, en México, las campañas
terminan… pero las carreras no.
Meade, exsecretario de Hacienda, excanciller y figura recurrente en gabinetes
de distintos colores políticos, da ahora el salto definitivo al sector bancario de
alto nivel. Su perfil técnico, su cercanía con los círculos de poder y su historial
como funcionario “institucional” lo convierten en una apuesta segura para un
banco global que sabe que en México la experiencia política también cotiza.
El anuncio fue presentado como una decisión estratégica. Y lo es. Pocos
conocen mejor las finanzas públicas, la regulación y el funcionamiento del
Estado que alguien que estuvo del otro lado del escritorio. La llamada “puerta
giratoria” no chirría: gira suave y sin escándalo.
Para HSBC, la llegada de Meade representa estabilidad, interlocución y lectura
fina del entorno político-económico. Para la opinión pública, el nombramiento
reaviva el debate sobre la cercanía entre el poder financiero y el poder político.
Legal, sí. Sorprendente, no.
Meade nunca fue un político carismático, pero sí uno confiable para el sistema.
Perdió la elección presidencial, pero nunca perdió vigencia. Hoy, desde el
consejo de uno de los bancos más importantes del mundo, su influencia será
menos visible, pero no menor.

El mensaje es claro: en México, la experiencia gubernamental no se jubila, se
recicla. Cambia el escritorio, no el círculo. Y mientras algunos ven mérito, otros
ven continuidad de un modelo donde las élites siempre encuentran asiento.

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