El nombre de Tequila, Jalisco, volvió a los encabezados, pero no por su bebida
emblemática ni por turismo. Esta vez fue por la detención de su alcalde, Diego
Rivera Navarro, acusado de extorsión y presuntos vínculos con el Cártel Jalisco
Nueva Generación (CJNG). Un golpe que sacude a la política local y deja un
sabor amargo que no se quita con limón ni sal.
La detención expone, una vez más, la fragilidad de los gobiernos municipales
frente al crimen organizado. Rivera Navarro, quien debía garantizar seguridad y
gobernabilidad, terminó señalado por colaborar con quienes imponen miedo y
control territorial. El contraste es brutal: del cargo público a las esposas.
Según las investigaciones, el alcalde habría participado en esquemas de
extorsión y mantenido relaciones con el CJNG, uno de los grupos criminales
más poderosos del país. Las autoridades aseguran que el caso forma parte de
una ofensiva contra la infiltración del narco en gobiernos locales, aunque la
pregunta persiste: ¿cómo llegó ahí sin que nadie lo notara?
El caso reaviva un viejo debate nacional: la delgada línea entre autoridad y
crimen en regiones donde el poder real no siempre está en los palacios
municipales. Tequila, como muchos otros municipios, enfrenta una realidad
donde gobernar implica convivir con presiones criminales constantes. Algunos
resisten. Otros, no.
La detención del alcalde es presentada como un avance, pero también como un
síntoma. Porque cuando un presidente municipal cae por nexos criminales, el
problema no es solo individual, es estructural.
Hoy, Tequila enfrenta el reto de reconstruir confianza. Y el país, el de aceptar
que la lucha contra el crimen organizado empieza —y a veces falla— desde lo
local.

