El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, lanzó una advertencia que
suena más a sirena de emergencia que a diplomacia: Cuba corre el riesgo de un
colapso humanitario si no logra importar petróleo para cubrir sus necesidades
básicas. El problema no es nuevo, pero el escenario se agrava en medio del
bloqueo al suministro energético, reactivado por las amenazas del expresidente
estadounidense Donald Trump, quien vuelve a convertir a la isla en moneda
política.
La advertencia llega en un momento crítico. Cuba enfrenta una combinación
letal de crisis económica, escasez de alimentos, apagones constantes y
migración masiva. El petróleo no es un lujo: es la base para generar
electricidad, mover hospitales, transportar alimentos y sostener lo poco que
aún funciona. Sin él, el país se apaga, literal y simbólicamente.
Guterres no habló de ideología ni de modelos políticos. Habló de humanidad. De
un país donde la falta de combustible puede traducirse en hospitales sin
energía, cadenas de frío rotas y ciudades enteras sumidas en la oscuridad. Pero
en el tablero geopolítico, la urgencia humanitaria suele perder contra la
conveniencia electoral.
Las amenazas de Trump de endurecer aún más las sanciones han provocado un
bloqueo indirecto del suministro, pues proveedores y navieras prefieren no
arriesgarse a represalias. El resultado: Cuba aislada, otra vez, pagando el precio
de una disputa que no controla.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa con cautela. Hay llamados,
comunicados y declaraciones, pero pocas acciones concretas. La isla queda
atrapada entre su propia incapacidad estructural y un cerco externo que no
distingue entre gobierno y población.
La advertencia de la ONU no es exageración: es un diagnóstico. Cuba no
necesita discursos, necesita energía. Y rápido. Porque cuando falta el petróleo,
lo primero que colapsa no es el sistema político, sino la vida cotidiana de
millones de personas.

