La noche cayó más rápido en Cuba. Un apagón masivo dejó sin electricidad a
toda la región oriental de la isla, luego de una falla en una subestación
eléctrica, informó la Unión Eléctrica de Cuba (UNE). No fue un corte parcial ni
programado: fue una desconexión total del sistema en el oriente del país.
El incidente ocurrió durante la noche y afectó a millones de personas que ya
viven acostumbradas a la incertidumbre energética. La diferencia esta vez fue
la magnitud. Hospitales, viviendas, comercios y servicios quedaron a oscuras,
confirmando que la crisis eléctrica cubana ya no es episódica, sino estructural.
La UNE explicó el fallo con lenguaje técnico, pero la realidad es sencilla: un
sistema envejecido, sin mantenimiento suficiente y con escasez de combustible
no resiste más presión. Cada subestación que falla es un recordatorio de una
infraestructura al límite.
El apagón se suma a una cadena de cortes constantes que afectan la vida
cotidiana: alimentos que se echan a perder, transporte paralizado y servicios
básicos interrumpidos. En un país donde la electricidad es ya un privilegio
intermitente, la oscuridad se ha vuelto rutina.
Mientras las autoridades trabajan en la reconexión, la población enfrenta otra
noche de calor, incertidumbre y silencio forzado. Porque cuando se va la luz,
también se va la comunicación, la movilidad y, en muchos casos, la paciencia.
El apagón del oriente cubano no es un accidente aislado. Es el síntoma visible
de una crisis energética profunda que, poco a poco, apaga más que focos:
apaga expectativas.
