El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo que Estados
Unidos obtendría importantes beneficios gracias al aumento de los
precios del petróleo provocado por la guerra con Irán, lo que generó las
críticas de algunos legisladores que lo acusaron de preocuparse solo por
los ricos. El precio del petróleo subió el jueves más de un 9 por ciento, a
100 dólares por barril, a medida que se intensificaba la guerra entre
Estados Unidos e Israel contra Irán.
Dos petroleros ardieron en llamas en un puerto iraquí tras ser
alcanzados por lo que se sospecha que eran botes iraníes cargados de
explosivos, mientras que decenas de otros buques quedaron varados
debido al cierre del estrecho de Ormuz.
En el debate político estadounidense se ha vuelto común escuchar
una afirmación que simplifica la compleja relación económica de
América del Norte: la idea de que México y Canadá “viven” de Estados
Unidos. Este argumento, reiterado en distintos momentos por Donald
Trump, se ha utilizado para justificar políticas comerciales más
agresivas, renegociaciones de tratados y una narrativa nacionalista
centrada en la supuesta desventaja económica estadounidense frente a
sus vecinos.
Sin embargo, cuando se examinan los datos con mayor
detenimiento, el panorama resulta mucho más complejo y, en muchos
sentidos, contradictorio con ese discurso.
Es cierto que Estados Unidos representa el principal destino de las
exportaciones de México y Canadá. La integración económica de la
región consolidada a partir del Tratado de Libre Comercio de América
del Norte y posteriormente del T-MEC ha creado una red de comercio
altamente interdependiente. Automóviles, productos agrícolas, energía,
tecnología y componentes industriales cruzan las fronteras diariamente
como parte de cadenas de suministro compartidas.
Pero esa integración funciona en ambos sentidos. Millones de
empleos en Estados Unidos dependen del comercio con México y
Canadá, mientras que numerosas empresas estadounidenses producen,
ensamblan o exportan gracias a esa estructura regional. Hablar de una
dependencia unilateral ignora que la economía norteamericana también
se beneficia profundamente de este ecosistema productivo.
Aun así, existe un elemento aún más revelador que rara vez
aparece en el discurso político: el papel central de la comunidad latina
dentro de la economía estadounidense.
La población latina se ha convertido en uno de los motores más
dinámicos del crecimiento económico en Estados Unidos. Su
participación en la fuerza laboral es decisiva en sectores como la
agricultura, la construcción, el transporte, los servicios, la manufactura
y el emprendimiento. Además, el crecimiento demográfico de esta
comunidad ha impulsado el consumo interno y la creación de nuevos
negocios.

Diversos análisis económicos han mostrado que, si la economía
generada por los latinos en Estados Unidos se midiera como un país
independiente, estaría entre las economías más grandes del mundo. En
otras palabras, una parte significativa del dinamismo económico
estadounidense proviene precisamente de las comunidades con raíces
en América Latina.

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