En la política mexicana, cuando dicen “no anticipen vísperas”, normalmente
significa una sola cosa: todavía no hay acuerdo. Y eso quedó claro con el
aplazamiento en el Senado de la discusión del llamado “Plan B” impulsado por la
presidenta Claudia Sheinbaum.
El encargado de ponerle pausa al entusiasmo —y también a la incertidumbre—
fue Ignacio Mier, presidente de la Junta de Coordinación Política (Jucopo),
quien pidió calma cuando se le cuestionó si ya cuentan con los votos del
Partido del Trabajo (PT). Spoiler: no respondió con un “sí”.
El aplazamiento no es menor. En un contexto donde cada voto cuenta, retrasar
la discusión sugiere que las negociaciones siguen en marcha… o que
simplemente no cuadran los números. Y en política, cuando no hay números, no
hay reforma.
Según explicó Mier, actualmente se analizan dos temas clave dentro del
proyecto: la colaboración con instituciones del Estado mexicano y la
configuración de los ayuntamientos. Traducción: todavía están ajustando piezas
en un rompecabezas que claramente no termina de armarse.
Mientras tanto, el Senado decidió bajar la velocidad. Oficialmente, para revisar
mejor los detalles. Extraoficialmente… para ganar tiempo.
El llamado “Plan B” ha generado debate desde su planteamiento, no solo por su
contenido, sino por la forma en que avanza. Y este nuevo freno alimenta la
percepción de que, más allá del discurso político, la operación real sigue siendo
el verdadero reto.
Porque una cosa es presentar una reforma… y otra muy distinta es conseguir
que pase.
Así, entre declaraciones prudentes y decisiones aplazadas, el mensaje es claro:
el Plan B no está detenido… pero tampoco está listo.
Y como suele pasar en estos casos, la política mexicana vuelve a demostrar su
deporte favorito: patear el balón… pero hacia adelante en el tiempo.
