Las recientes declaraciones de Felipe Calderón en Estados Unidos, donde criticó la reforma judicial mexicana y reprochó al ex embajador Ken Salazar, de su aparente indiferencia frente a un cambio tan trascendental, de lo que no pasaron desapercibidas, para la presidenta de México Claudia Sheinbaum, sobre El ex presidente Felipe Calderón, quien En respuesta, durante la tradicional conferencia de prensa desde Palacio Nacional, como el “espurio, entreguista y vendepatrias”. Añadió que esas expresiones
exhibieron una actitud contraria a los intereses de la nación. Subrayó que los asuntos internos debían resolverse únicamente en México.
La mandataria recordó que, en la historia del país, hubo momentos críticos de intervención extranjera. Citó el caso del embajador Henry Lane Wilson, quien participó en el golpe de Estado contra Francisco I. Madero durante la Decena Trágica. Mencionó que después de ese episodio, la política de Estados Unidos hacia México cambió, lo cual permitió la continuidad de la vida institucional. Enfatizó que por esa razón consideró inadmisible que un ex presidente recurriera a esos llamados.
La presidente sostuvo que la postura de Felipe Calderón vulneró la soberanía nacional. Insistió en que el respeto a la independencia de
México debía mantenerse como principio inquebrantable de la política exterior.
Calderón, se volvió a colocarse en el centro del debate al cuestionar un proyecto que, según él, amenaza la independencia del Poder Judicial. Su postura, sin embargo, adquirió mayor notoriedad por el lugar en el que decidió expresarla. No fue en México, ni en un foro nacional, sino en el extranjero. Ahí radica el núcleo de la respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien tachó de “indignante” que un exmandatario lleve sus críticas más allá de las fronteras. El señalamiento no es menor:
en la visión oficialista, Calderón no solo cuestiona la reforma, sino que proyecta una imagen negativa del país hacia afuera.
Las recientes declaraciones de Felipe Calderón en Estados Unidos sobre la reforma judicial mexicana confirman una constante en su trayectoria política: el cinismo. El expresidente acusa al gobierno actual de poner en riesgo la independencia del Poder Judicial, pero olvida o prefiere que se olvide que durante su sexenio las instituciones también
fueron objeto de cuestionamientos por manipulación política y subordinación al poder ejecutivo.
Calderón reprocha al exembajador Ken Salazar su supuesta indiferencia frente a un cambio que, asegura, amenaza la democracia mexicana. Sin embargo, resulta paradójico que quien gobernó con mano dura y bajo la sombra de una elección presidencial controvertida pretenda ahora erigirse en defensor de la pureza institucional.
Más aún, lo hace fuera de México. Es ahí donde su actitud se vuelve doblemente cuestionable. La crítica a una reforma tan relevante debería sostenerse en el debate interno, cara a cara con la ciudadanía, no en escenarios internacionales donde el eco de sus palabras solo sirve para exhibir divisiones y debilitar la imagen del país. De ahí la reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien lo acusó de “indignante” por llevar sus reproches al extranjero.
El cinismo de Calderón radica en hablar como si no cargara con el peso de su propio legado: una guerra contra el narcotráfico que dejó
miles de muertos, un Poder Judicial que tampoco gozó de autonomía plena y una democracia marcada por la polarización.
La reforma judicial puede y debe discutirse a fondo.
Pero difícilmente un expresidente con tantas cuentas pendientes es la voz idónea para encabezar ese debate. Su intervencionismo desde el extranjero no enriquece la conversación: solo la contamina con el oportunismo político que lo ha caracterizado.

