La industria del tequila volvió a brindar, pero esta vez con un trago amargo.
José Adrián Corona Radillo, empresario tequilero, fue asesinado tras haber sido
secuestrado en Jalisco, confirmó la Fiscalía del estado. Un nombre más que se
suma a la larga lista de víctimas que demuestra que, en algunas regiones del
país, el éxito empresarial no es sinónimo de seguridad, sino de riesgo.
Corona Radillo no solo era un empresario; representaba el esfuerzo, la tradición
y el arraigo de una industria emblemática de México. El tequila, orgullo nacional
y símbolo de identidad, contrasta brutalmente con la violencia que rodeó su
muerte. Mientras las botellas se exportan con denominación de origen y sello de
calidad, la inseguridad parece no conocer fronteras ni protocolos.
De acuerdo con la información oficial, el empresario fue privado de la libertad y
posteriormente asesinado, en un caso que ya es investigado por las
autoridades. Hasta ahora, como suele ocurrir, los detalles son escuetos y las
preguntas abundan. ¿Quiénes fueron? ¿Por qué? ¿Hasta cuándo? Interrogantes
que se repiten con la misma frecuencia que los comunicados oficiales
prometiendo justicia.
La ironía es difícil de ignorar: Jalisco, tierra del tequila, el mariachi y la postal
turística, también se ha convertido en escenario recurrente de secuestros,
homicidios y violencia ligada al crimen organizado. Un estado donde la tradición
convive incómodamente con el miedo, y donde hacer empresa puede costar la
vida.
La Fiscalía aseguró que se trabaja para esclarecer el crimen y dar con los
responsables. Sin embargo, para la opinión pública, estas promesas suenan ya
conocidas, casi automáticas. El reto no es solo resolver un caso, sino romper el
patrón de impunidad que permite que estas historias se repitan una y otra vez.
La muerte de José Adrián Corona Radillo no es solo una tragedia personal o
familiar; es un recordatorio brutal de la vulnerabilidad en la que viven
empresarios, productores y ciudadanos comunes. En un país donde generar
empleo y apostar por el desarrollo debería ser motivo de reconocimiento, hoy
también implica enfrentar amenazas invisibles pero constantes.
Mientras tanto, el tequila seguirá fluyendo, pero la pregunta persiste: ¿cuántas
vidas más se perderán antes de que la violencia deje de ser parte del paisaje
cotidiano?

