La política mexicana volvió a regalar un giro inesperado —o quizá no tanto—
cuando la Comisión Permanente recibió la designación de Alejandro Gertz
Manero como embajador de México en el Reino Unido. Sí, el mismo Gertz:
exfiscal general, figura polémica, protagonista de mil titulares… ahora listo para
tomar té en Londres y hablar con diplomáticos con acento británico.
La propuesta fue turnada a la Permanente casi con la velocidad de un gol en
tiempo extra. Y según fuentes legislativas, el nombramiento podría concretarse
mañana mismo, demostrando que cuando la clase política quiere que algo
avance rápido… mágicamente avanza.
El anuncio no tardó en desatar reacciones. Para algunos, Gertz es un
funcionario con trayectoria amplia y experiencia suficiente para representar a
México en una de las embajadas más relevantes del mundo. Para otros, su paso
por la Fiscalía dejó una estela de controversias, decisiones polémicas y
episodios que aún generan debates intensos. Pero en la diplomacia mexicana
eso nunca ha sido un obstáculo: si ya fuiste fiscal, secretario, gobernador o
cualquier alto cargo, siempre puede quedarte una embajada como premio de
consolación o como capítulo final de tu carrera pública.
Mientras tanto, en el Senado todo avanza como si se tratara de un trámite
rutinario: revisión, dictamen, votación y listo. Nada que una mayoría
disciplinada no pueda resolver en cuestión de horas. La discusión pública, por
otro lado, se mueve entre la sorpresa, la ironía y el acostumbrado “¿en serio?”.

Expertos señalan que, de concretarse, Gertz llegaría a Londres en un momento
clave: tensiones globales, reacomodos diplomáticos y una necesidad urgente de
fortalecer vínculos económicos con el Reino Unido. Es decir, nada sencillo. Pero
si algo ha demostrado la política mexicana es que siempre puede confiar
grandes tareas a figuras que ya estuvieron en el ojo del huracán… y
sobrevivieron.
Mañana podría definirse todo: Gertz, té en mano, rumbo a la embajada.
Un capítulo más en la novela interminable de las designaciones diplomáticas
“sorpresa” —que de sorpresa ya no tienen nada.

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