El Instituto Politécnico Nacional otorgó el doctorado Honoris Causa a
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, una de las figuras más influyentes de la
historia política contemporánea de México. No es un premio a la coyuntura ni un
gesto de moda: es un reconocimiento a una trayectoria que marcó quiebres,
incomodó al poder y ayudó a abrir caminos democráticos cuando hacerlo tenía
costos reales.
Cárdenas no necesita demasiada presentación, pero el contexto importa. Hijo
de Lázaro Cárdenas del Río, cargó con un apellido histórico sin limitarse a
heredarlo. Fue ingeniero, político, fundador del PRD y protagonista central de
los procesos que desafiaron la hegemonía política del siglo XX. Para bien o para
mal —según quien lo mire—, su nombre está ligado a la transición democrática
mexicana.
Que el IPN lo distinga no es casual. La institución ha sido históricamente un
semillero de pensamiento crítico, formación técnica y compromiso social. Al
reconocer a Cárdenas, también reivindica valores que hoy parecen escasos:
congruencia, vida pública austera y una idea de política más cercana al servicio
que al espectáculo.
Durante la ceremonia, se destacó su aportación al desarrollo democrático del
país, su defensa de la soberanía y su papel en momentos clave de tensión
política. No se trató de canonizarlo, sino de situarlo en su justa dimensión
histórica. En tiempos donde la política se mide en likes y frases virales, el
reconocimiento a trayectorias largas resulta casi contracultural.
La ironía es sutil: mientras la política actual se consume rápido, el IPN premia
la persistencia. Mientras abundan figuras efímeras, se distingue a alguien cuya
influencia se construyó a lo largo de décadas, con aciertos, errores y una huella
imposible de borrar.
El doctorado Honoris Causa no cambia la historia de Cuauhtémoc Cárdenas,
pero sí la subraya. Y recuerda algo esencial: las instituciones también hablan
cuando eligen a quién reconocen.

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