La Laguna de Tococomulco, uno de los ecosistemas más importantes del centro
del país, se está secando. No de golpe, no con estruendo, sino de manera lenta,
silenciosa y constante, como suelen desaparecer las cosas que a nadie parece
urgirle salvar. Ubicada entre Hidalgo, Estado de México y Tlaxcala, esta laguna
la última de origen natural en el Valle de México enfrenta hoy un deterioro
acelerado provocado por el azolvamiento, la sobreexplotación del agua y la
sequía cada vez más prolongada.
El problema no es nuevo, pero sí cada vez más evidente. El azolve, producto de
la erosión del suelo, prácticas agrícolas inadecuadas y la deforestación en la
cuenca, ha reducido de manera alarmante la profundidad del cuerpo de agua.
Donde antes había espejo, hoy hay lodo. Donde volaban aves migratorias, ahora
apenas queda humedad. A esto se suma la extracción constante de agua para
uso agrícola y urbano, como si la laguna fuera un pozo infinito y no un
ecosistema frágil.
Tococomulco no es solo agua estancada: es hogar de más de 150 especies de
aves, muchas de ellas migratorias; es refugio de flora y fauna endémica; es
regulador natural del clima y proveedor de servicios ambientales para miles de
personas. Pero, irónicamente, mientras más vital es, menos atención recibe. Su
deterioro avanza a la misma velocidad que la indiferencia institucional.
Las comunidades locales han levantado la voz una y otra vez. Exigen acciones
concretas: desazolve, reforestación, control en la extracción de agua y un plan
integral de manejo. Sin embargo, las respuestas suelen quedarse en promesas,
estudios técnicos que no se aplican y discursos verdes que no mojan. La sequía,
agravada por el cambio climático, solo acelera un proceso que ya estaba en
marcha.

Dejar morir la Laguna de Tococomulco no sería un accidente natural, sino una
decisión colectiva disfrazada de omisión. Cada año que pasa sin intervención
real, el ecosistema pierde capacidad de recuperación. Y cuando finalmente
desaparezca, no habrá conferencia de prensa ni culpables claros, solo la excusa
conocida: “ya era inevitable”.

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