En un país donde todos se pelean por “defender la democracia” cada que tienen
un micrófono enfrente, uno pensaría que al menos algún partido tendría lista
una propuesta seria de reforma electoral. Pero no. Ningún partido nacional
presentó proyecto alguno, dejando al Congreso con el silencio más incómodo
desde que alguien dijo “vamos a revisar el presupuesto renglón por renglón”.
El Instituto Nacional Electoral había abierto la puerta para recibir propuestas
que actualizaran reglas, ajustaran procesos y modernizaran el marco electoral.
Ya saben: ese ejercicio básico de democracia donde los partidos, los mismos
que viven de competir en elecciones, deberían aportar ideas. Pero la fecha
límite llegó… y nada.
Ni una sola iniciativa formal. Ni un borrador. Ni un PDF mal hecho.
Cero.
El vacío generó un estupor generalizado entre especialistas, organizaciones y
hasta algunos legisladores que esperaban, al menos, una ocurrencia mínima. Y
no es que falten temas urgentes: financiamiento, fiscalización, paridad, modelo
de comunicación política, voto en el extranjero, justicia electoral… el menú está
lleno. Pero los partidos decidieron aplicar la estrategia más común de la política
mexicana: esperar a que otro haga el trabajo.
La ironía es tan gruesa que podría cortarse con un lápiz del INE. Los partidos,
que suelen pedir más recursos para “fortalecer la vida democrática”, no fueron
capaces de entregar ni una propuesta para mejorar la misma democracia que

dicen proteger. Algunos analistas apuntan que nadie quiere arriesgar capital
político proponiendo reformas que puedan incomodar a sus propias dirigencias
o que afecten sus ventajas electorales actuales. Es decir, todos están muy
cómodos con cómo funcionan las cosas… siempre y cuando funcionen a su
favor.
Mientras tanto, el INE queda en pausa forzada. Sin propuestas no puede iniciar
análisis, mesas técnicas ni procesos de dictaminación. Todo queda congelado
mientras los partidos siguen en modo espectador, como si el sistema electoral
fuera algo que simplemente “ahí está” y no una estructura que requiere ajustes
constantes.
En resumen, la ausencia de propuestas demuestra algo que pocos admiten pero
todos saben: los partidos aman la democracia… siempre y cuando no implique
ponerse a trabajar.

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