Guanajuato volvió a vivir uno de esos episodios que estremecen al país entero:
una masacre en un campo deportivo de la comunidad Loma de Flores, en
Salamanca, donde un grupo armado abrió fuego contra personas que convivían
en la zona. El saldo es brutal: 11 personas asesinadas y 12 heridas, en un
ataque que dejó helado incluso a un estado acostumbrado a las cifras rojas.
El hecho ocurrió durante la tarde, cuando familias, vecinos y deportistas se
encontraban en el campo. Sin previo aviso, un comando llegó, disparó
indiscriminadamente y huyó de inmediato. La escena quedó marcada por el
caos, los gritos, la confusión y el horror de quienes buscaban proteger a niños,
adultos y jóvenes atrapados en medio del fuego.
El ataque forma parte de una racha de violencia que azota la región: 19
ejecuciones en 48 horas, un escenario que refleja la gravedad de la disputa
criminal en el estado, donde grupos rivales se reparten territorios, extorsiones y
operaciones ilícitas. Salamanca, que ya ha vivido episodios similares, vuelve a
estar en el centro del mapa nacional.
Ante la magnitud del ataque, la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que el
Gabinete de Seguridad Federal ya trabaja en coordinación con el gobierno de
Guanajuato, aunque aclaró que la investigación sigue en manos de la Fiscalía
estatal. De acuerdo con la mandataria, el apoyo federal incluirá inteligencia,
refuerzos y presencia operativa para capturar a los responsables.
Dicho en otras palabras: ahora sí va en serio.
El mensaje de Sheinbaum llegó en medio de cuestionamientos sobre la violencia
en la región y las capacidades del estado para enfrentarla. La mandataria
insistió en que habrá cooperación total, pero también respeto a las facultades
locales: un equilibrio político que, en la práctica, será difícil de sostener si la
violencia continúa escalando.
En redes sociales, el impacto fue inmediato: indignación, tristeza, miedo, pero
también hartazgo. Usuarios exigieron acciones contundentes y criticaron que
los ataques a espacios públicos —parques, bares, campos deportivos— se
hayan vuelto parte de la normalidad en varias zonas del país.
Mientras tanto, Salamanca llora a sus víctimas y espera respuestas.
La masacre no solo reveló la vulnerabilidad de la comunidad, sino también la
urgencia de cambiar un escenario que parece repetirse sin fin.

