La presidencia de Claudia Sheinbaum inició su sexenio con un
amplio respaldo ciudadano, cercano al 78 %, impulsado por la
expectativa de continuidad, cambio y estabilidad. No obstante, con el
paso de los meses, ese capital político ha comenzado a erosionarse.
Hoy, la aprobación presidencial se ubica alrededor del 70 %, mientras
que la desaprobación alcanza el 29 %, una señal clara de que el
entusiasmo inicial se ha diluido.
La disminución de casi ocho puntos porcentuales no es un
fenómeno aislado ni producto del simple desgaste del cargo. Tiene
raíces profundas en dos de los problemas más sensibles y persistentes
del país: la corrupción y la inseguridad. Ambos continúan marcando la
agenda nacional y afectando directamente la percepción ciudadana
sobre la eficacia del gobierno.
La corrupción, lejos de erradicarse, sigue siendo percibida como
una práctica enquistada en las instituciones. La promesa de un gobierno
distinto se enfrenta a una realidad donde la impunidad permanece y
donde los ciudadanos no observan cambios estructurales que justifiquen
la confianza depositada en las urnas. Cada señal de opacidad debilita el
discurso oficial y profundiza el desencanto social.
En paralelo, la inseguridad se mantiene como el principal reclamo
ciudadano. La violencia, los delitos cotidianos y la falta de una
sensación real de protección continúan afectando la vida diaria de
millones de mexicanos. Para muchos, el Estado sigue sin recuperar el
control ni garantizar la tranquilidad prometida.
El mensaje detrás de las cifras es claro: el respaldo a la presidenta
ya no es automático. La sociedad observa, evalúa y comienza a
cuestionar. Aunque el apoyo sigue siendo mayoritario, la tendencia a la
baja advierte que la legitimidad política no se sostiene únicamente con
discursos ni con herencias políticas.
Claudia Sheinbaum enfrenta así una prueba decisiva. El rumbo de
su gobierno dependerá de su capacidad para ofrecer resultados
concretos frente a la corrupción y la inseguridad. De lo contrario, la
caída en la aprobación podría ser solo el inicio de un desgaste mayor. En
política, el respaldo ciudadano es frágil, y cuando la realidad contradice
la promesa, la paciencia social suele agotarse rápidamente.
