En un mundo que vuelve a hablar de guerras y amenazas nucleares con
inquietante naturalidad, el papa León XIV decidió levantar la voz con un
mensaje incómodo pero urgente: Estados Unidos y Rusia deben renovar el
tratado START III, el último gran acuerdo que limita los arsenales nucleares de
ambas potencias.
El llamado del pontífice no es casual ni simbólico. El tratado START III, vigente
desde 2011, establece límites verificables al número de armas nucleares
estratégicas desplegadas por Washington y Moscú. Su expiración, sin
renovación, abriría la puerta a una nueva carrera armamentista en uno de los
momentos geopolíticos más tensos de las últimas décadas.
Desde el Vaticano, León XIV advirtió que la seguridad global no puede
sostenerse sobre la amenaza permanente de destrucción mutua. En su mensaje,
subrayó que el diálogo, la cooperación y el desarme siguen siendo caminos
posibles, incluso cuando las relaciones diplomáticas parecen congeladas.
El Papa recordó que el costo humano de las armas nucleares no es abstracto ni
lejano. No se trata solo de equilibrios estratégicos, sino de la supervivencia de
millones de personas. Un solo error de cálculo bastaría para convertir una
tensión política en una tragedia irreversible.
La exhortación papal llega en un contexto marcado por la guerra en Ucrania, la
desconfianza entre bloques y la erosión de acuerdos multilaterales que durante
años funcionaron como frenos de emergencia. START III es uno de los últimos
vestigios de esa arquitectura de control.

Aunque el Vaticano no tiene poder de veto ni capacidad de negociación directa,
su influencia moral sigue siendo relevante. El mensaje apunta a recordar a las
potencias que el silencio o la inacción también son decisiones políticas.
Renovar el tratado no resolverá todos los conflictos, pero evitará que el mundo
retroceda a una lógica donde acumular armas vuelva a ser sinónimo de
seguridad. Y eso, hoy, ya sería un avance.

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