Creer que el sarampión es cosa de libros de historia resultó ser un error
costoso. Enero de 2026 cerró con un aumento significativo de casos de
sarampión en México, encendiendo alertas sanitarias y obligando a tomar
medidas que parecían impensables hace algunos años: suspensión de clases en
al menos 15 escuelas de Jalisco.
Las autoridades de salud confirmaron nuevos contagios en distintos estados del
país, con Jalisco entre las entidades con mayor número de casos, seguido por
otras regiones donde las coberturas de vacunación han mostrado retrocesos. El
patrón es claro y preocupante: donde faltan vacunas, el virus encuentra terreno
fértil.
El sarampión es altamente contagioso. Basta el contacto con una persona
infectada o permanecer en un espacio cerrado donde haya estado alguien
enfermo para que el virus se propague. Por eso, las decisiones de cerrar
escuelas no son exageradas, sino medidas de contención urgentes.
Detrás del brote hay un elefante en la habitación: la disminución en los
esquemas completos de vacunación, ya sea por desinformación, falta de acceso
o simple descuido. El resultado es un retroceso sanitario que pone en riesgo,
sobre todo, a niñas y niños.
Las autoridades sanitarias han reiterado el llamado a revisar cartillas de
vacunación y completar esquemas, al tiempo que se reforzaron campañas de
inmunización en zonas con mayor incidencia. El mensaje es tan simple como
incómodo: el sarampión se puede prevenir, pero solo si se vacuna.
Más allá de las cifras, el impacto es cotidiano: padres reorganizando rutinas,
escuelas cerradas, sistemas de salud bajo presión y una sensación de déjà vu
que nadie quería revivir. Enfermedades que se creían controladas están
regresando, y no por mutación, sino por omisión.
El brote de sarampión no es solo un tema médico; es un recordatorio social. La
salud pública funciona cuando todos participan. Y cuando no, el virus no
pregunta opiniones: simplemente avanza.

