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BAD BUNNY Y LA CACHETADA CON GUANTE BLANCO A DONALD TRUMP
EN EL SUPER BOWL

POR LA REDACCIÓN

PACHUCA, HGO., 13 DE FEBRERO DE 2026
En una noche destinada al espectáculo y la unidad nacional, Bad
Bunny transformó el Super Bowl LX en Santa Clara en algo más que un
intermedio musical: fue un acto simbólico de reclamo y dignidad cultural
para millones de latinos dentro y fuera de los Estados Unidos.
Ante un país polarizado marcado por políticas migratorias duras y
una retórica pública que a menudo ha minimizado o atacado a las
comunidades inmigrantes el artista boricua subió al escenario no para
blandir consignas tradicionales, sino para celebrar su identidad con
música, lengua y símbolos que pocos artistas latinos han mostrado con
tanta visibilidad en un evento de esta magnitud.
Desde el inicio, Bad Bunny dejó claro que el show no solamente
era entretenimiento, sino un acto de visibilidad. Su repertorio estuvo
dominado por canciones en español y ritmos caribeños; no evitó las
raíces que lo formaron, sino que las abrazó con fuerza. Al final de su
presentación, una hilera de banderas latinoamericanas envolvió el
estadio y pronunció un mensaje que muchos interpretaron como más
potente que cualquier frase política: “Seguimos aquí”.
Para una comunidad que ha vivido bajo la amenaza constante de
redadas, políticas migratorias rígidas y discursos despectivos, ver a un
ícono global afirmar su legado y el de su gente en el escenario más visto
del país fue para muchos una afirmación de dignidad y pertenencia. En
Denver, por ejemplo, inmigrantes latinos describieron la actuación como
una “salvavidas cultural”, un recordatorio de que su idioma, cultura e
historia no pueden ser borrados por políticas ni por discursos hostiles.
Si bien el espectáculo apeló a la unidad y la diversidad (haciendo
hincapié en que la América que celebra la música es diversa, plural y
bilingüe), la reacción más notoria llegó desde el ala política. El
presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, describió el show como
“absolutamente terrible” y “una afrenta a la grandeza de Estados
Unidos”, que ni siquiera representaba “nuestros estándares de éxito y
excelencia”.
No fue una respuesta furiosa ni un ataque frontal, sino un rechazo
desde la narrativa tradicional del poder cultural estadounidense. En este
contexto, la crítica presidencial funcionó como una señal indirecta del
impacto de Bad Bunny: si su actuación no fuera significativa para la
identidad cultural emergente en los EE. UU., difícilmente habría
provocado reacción tan visceral desde los sectores más conservadores
del país.
Bad Bunny no gritó consignas políticas tradicionales ni pronunció
discursos incendiarios desde el escenario. Actuó como un cronista de su
tiempo: orgulloso de su lengua, de su gente y de su historia, y eso fue
suficiente para que muchos interpretaran su participación como una

“cachetada con guante blanco” al presidente, una forma de decir con
arte y presencia cultural que los latinos no solo existen en el tejido
social de este país, sino que tienen voz, visibilidad y un lugar en el
corazón de la conversación pública.

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