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OPINIÓN DE: MARIA RESENDIZ

PACHUCA, HGO., 13 DE FEBRERO DE 2026
Si alguien todavía pensaba que el PRI podía sostener su vieja
hegemonía, la realidad lo desmiente con claridad brutal. Lo que se

observa hoy no es un simple tropiezo electoral ni un desacierto táctico:
es un éxodo masivo de militantes, cuadros y liderazgos que han decidido
abandonar un barco que parece condenado a hundirse.
Durante décadas, el PRI fue sinónimo de poder, estabilidad y
control absoluto de la política mexicana. Desde la presidencia hasta los
municipios más pequeños, su estructura era temida y respetada, y sus
militantes sabían que formaban parte de un organismo sólido, capaz de
maniobrar entre crisis, escándalos y cambios de régimen. Hoy, esa
percepción se ha evaporado. La desbandada de militantes no es solo un
fenómeno aislado: es un mensaje claro sobre la falta de rumbo, liderazgo
y credibilidad del partido.
Entre los pocos que permanecen, los nombres más visibles son los
de Alfredo del Mazo y Viggiano. Quienes observan el escenario político
no pueden evitar verlos como los últimos tripulantes de una nave que
pierde agua por todos lados. Mientras los demás abandonan la cubierta,
ellos permanecen, aferrados al timón, pero con un barco que ya no
responde ni a su fuerza ni a su dirección.
Este fenómeno tiene raíces profundas. La militancia priista ha
perdido confianza en un partido que, en lugar de renovarse, ha optado
por reciclar viejas figuras, por apostar a estrategias de corto plazo y por
priorizar lealtades personales sobre proyectos de largo alcance. El PRI
de hoy es un partido atrapado entre la nostalgia de sus glorias pasadas y
la cruda realidad de un país que ya no responde a sus recetas
tradicionales.

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