La presidenta Claudia Sheinbaum recurrió a una de las frases más utilizadas y
más aplaudidas de la política mexicana: “la soberanía no se negocia, se
defiende”. En el marco de la conmemoración de la Constitución de 1917, la
mandataria afirmó que la Carta Magna reafirma el principio fundamental de
independencia nacional frente a cualquier presión externa.
El mensaje no fue casual ni decorativo. Llega en un contexto internacional
marcado por tensiones comerciales, discursos intervencionistas y viejas
amenazas que vuelven a escena. Sin mencionar nombres, el destinatario fue
claro: México no acepta imposiciones, ni económicas ni políticas, vengan de
donde vengan.
Sheinbaum colocó a la Constitución como escudo, como el documento que
define los límites y las reglas del juego. No como un texto ceremonial, sino
como la base legal que respalda decisiones de Estado. Al menos en el discurso.
Porque defender la soberanía implica algo más que repetirla en actos oficiales.
La mandataria subrayó que la Constitución de 1917 estableció desde su origen
el control de los recursos nacionales y la autodeterminación del país. Un
recordatorio oportuno en tiempos donde la interdependencia global suele
confundirse con subordinación.
El mensaje conecta bien con una narrativa histórica que ha sido políticamente
rentable: México firme, México digno, México soberano. La pregunta es cómo se
traduce esa defensa en políticas concretas cuando la presión viene
acompañada de aranceles, amenazas o intereses económicos mayores.
Por ahora, el discurso cumple su función: marcar postura, enviar señal y
reforzar identidad. La soberanía se defiende con leyes, sí, pero también con

decisiones coherentes. La Constitución ahí está. Falta que no solo se invoque
cuando conviene.

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