Cuando la justicia sale del edificio y se instala en territorio, siempre habrá quien
aplauda… y quien sospeche.
El ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Hugo
Aguilar Ortiz, fue tajante: la primera sesión itinerante del máximo tribunal en
Chiapas “no fue una obra de teatro”.
La declaración responde a críticas que calificaron el ejercicio como simbólico o
mediático. Pero Aguilar sostiene que el objetivo fue claro: acercar la justicia a
comunidades históricamente relegadas, especialmente pueblos indígenas y
sectores vulnerables.
La sesión, celebrada en Chiapas, buscó visibilizar casos emblemáticos
relacionados con derechos humanos y medio ambiente, temas que suelen
quedar atrapados entre expedientes y trámites lejanos a la realidad cotidiana
de muchas comunidades.
“Habrá más sesiones en territorio”, adelantó el ministro presidente, dejando
claro que la itinerancia no fue un acto aislado sino una estrategia en
construcción.
La idea de una Corte que se desplaza rompe con la imagen tradicional del
máximo tribunal como institución distante, centralizada y solemne. Pero
también abre preguntas incómodas: ¿es suficiente trasladar la sesión para
transformar el acceso real a la justicia? ¿O se requiere una reforma estructural
más profunda?
En un país donde la justicia ha sido señalada por su lentitud y lejanía social,
cualquier intento por acercarla genera expectativas altas. Y también
escepticismo.
Lo cierto es que la sesión itinerante marca un precedente. Puede ser el inicio de
una nueva etapa de cercanía institucional… o quedarse como gesto simbólico si
no se traduce en resoluciones concretas que impacten a las comunidades.
Por ahora, la Corte insiste: no fue espectáculo.
Fue, según su presidente, un paso para saldar una deuda histórica.

