En medio de un clima internacional cada vez más tenso y de discursos que
resurgen desde el exterior, el ministro presidente de la Suprema Corte, Hugo
Aguilar Ortiz, elevó el tono y el simbolismo: la Constitución es “nuestra espada y
nuestra guía” frente a cualquier amenaza externa. Una frase contundente,
cargada de épica jurídica y con eco político.
El mensaje se dio en el marco de la conmemoración de la Constitución de 1917,
un texto que, según Aguilar Ortiz, no solo define la estructura del Estado, sino
que actúa como el principal instrumento de defensa de la soberanía nacional.
No con armas, sino con leyes. No con discursos vacíos, sino con
institucionalidad. Al menos en teoría.
Desde el máximo tribunal del país, el llamado fue claro: respetar la Constitución
no es opcional, es una obligación que cobra mayor relevancia cuando el país
enfrenta presiones externas, comerciales, políticas o diplomáticas. La ley como
límite, la ley como escudo.
Sin embargo, la metáfora de la espada también deja una pregunta incómoda:
¿se ha empuñado siempre con la misma firmeza? Porque mientras la
Constitución se invoca como guía suprema, su interpretación y aplicación han
sido motivo de disputa constante, incluso dentro del propio Poder Judicial.
El pronunciamiento del ministro presidente busca reafirmar el papel de la Corte
como garante del orden constitucional y contrapeso institucional. Un mensaje
necesario en tiempos donde la división de poderes suele ponerse a prueba y
donde la independencia judicial no siempre es bien recibida.
La Constitución puede ser espada y brújula, pero solo si se usa con coherencia.
De lo contrario, corre el riesgo de quedarse como una frase poderosa para el
discurso… y frágil en la práctica.

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