En política, pocas cosas generan tanto consenso ciudadano como la palabra
“privilegios” … siempre y cuando se trate de quitarlos. Y eso es justamente lo
que anunció Claudia Sheinbaum: una iniciativa de reforma constitucional para
eliminar las pensiones millonarias que aún reciben exfuncionarios de confianza
en distintas instituciones del gobierno federal.
El mensaje fue directo, casi quirúrgico: no puede haber austeridad para unos y
retiro de lujo para otros.
La propuesta busca modificar la Constitución para cerrar la puerta —de manera
definitiva— a esquemas que permitían a ciertos altos cargos asegurar ingresos
vitalicios muy por encima del promedio nacional. En un país donde millones de
personas viven con pensiones modestas o incluso sin acceso a seguridad
social, el contraste resulta, por decir lo menos, incómodo.
La mandataria enmarcó la iniciativa dentro del proyecto de transformación que
su movimiento ha impulsado desde hace años: reducir privilegios en la alta
burocracia y reorientar recursos hacia programas sociales. En términos
políticos, el anuncio no es menor: tocar beneficios históricos de la élite
administrativa siempre genera resistencias silenciosas… y otras no tanto.
Sus críticos advierten que la medida podría enfrentar retos legales y
controversias constitucionales, especialmente si afecta derechos previamente
adquiridos. Sus simpatizantes, en cambio, lo celebran como un acto de
congruencia política y justicia social.
La discusión apenas comienza. ¿Qué se considera exactamente una “pensión
millonaria”? ¿A cuántos exfuncionarios impactaría? ¿Se aplicaría
retroactivamente o solo hacia futuro? Las respuestas estarán en el texto final
de la iniciativa y en el debate legislativo que inevitablemente se avecina.
Lo cierto es que el anuncio vuelve a colocar sobre la mesa un tema que
despierta emociones intensas: la desigualdad dentro del propio aparato
gubernamental. Porque mientras el ciudadano promedio calcula si su ahorro le

alcanzará para el retiro, hay quienes tenían asegurado un colchón mucho más
cómodo.
En tiempos donde la narrativa de austeridad sigue siendo bandera política, esta
reforma promete convertirse en uno de los debates más visibles del año.
Y como suele ocurrir cuando se habla de privilegios… nadie quiere quedarse
callado.

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