En un mundo que parece acostumbrarse al ruido, la polarización y el cansancio
colectivo, el Papa León XIV lanzó un mensaje que incomoda por su claridad: no
quedarnos entre las cenizas del mundo, sino convertirnos y reconstruir.
Durante la Misa celebrada en la Basílica de Santa Sabina, en Roma, con motivo
del inicio del camino cuaresmal, el Pontífice recordó que la Iglesia no está
llamada a contemplar las ruinas desde la distancia, sino a reconocerse
pecadora y, desde ahí, transformarse.
La metáfora no fue casual. Cenizas: símbolo de fragilidad, de lo que se quema,
de lo que termina. Pero también, en la tradición cristiana, punto de partida para
la conversión. León XIV habló de una Iglesia que no puede instalarse en la
autocomplacencia ni en la nostalgia de tiempos mejores. “Profecía de
comunidad”, dijo, que reconoce sus faltas y decide caminar hacia la
reconstrucción.
En un contexto global marcado por guerras, crisis migratorias, tensiones
económicas y escándalos internos que han golpeado la credibilidad eclesial en
las últimas décadas, el mensaje suena a llamado interno y externo al mismo
tiempo.
No se trata —según sus palabras— de maquillar heridas, sino de asumirlas. No
de permanecer paralizados ante la decadencia moral o social, sino de
convertirla en punto de inflexión.
Para algunos, el discurso refuerza una línea pastoral centrada en la humildad
institucional y la reforma espiritual. Para otros, es una declaración que exige
acciones concretas más allá de la homilía. Porque la conversión, en términos
prácticos, implica cambios estructurales, transparencia y coherencia.
La Cuaresma, periodo de reflexión y preparación espiritual previo a la Pascua,
suele traer llamados a la introspección. Pero León XIV colocó el acento en algo
más amplio: la responsabilidad comunitaria.
“No quedarnos entre las cenizas” puede leerse como una advertencia ante la
resignación. Como si dijera: el deterioro no es destino.
En tiempos donde muchos optan por el cinismo como mecanismo de defensa, la
invitación es incómoda: reconocer errores, pedir perdón y reconstruir.
Y eso, en cualquier institución —religiosa o no— siempre es más difícil que
señalar desde afuera.

