En el futbol mexicano, hay templos. Y cuando se habla del Mundial, el nombre
del Estadio Azteca aparece como una especie de dogma. A pesar de los
retrasos, remodelaciones y especulaciones, no existe un Plan B para sustituirlo
como sede mundialista. Así lo dejó claro Ivar Sisniega, presidente ejecutivo de
la Federación Mexicana de Futbol.
El mensaje fue contundente: no se evalúan otras opciones.
En medio de cuestionamientos sobre tiempos de obra y adecuaciones
necesarias para cumplir con los estándares internacionales, Sisniega descartó
cualquier escenario alternativo. El Azteca sigue siendo la carta fuerte de
México rumbo al Mundial, sin sustitutos en la banca.
Además, adelantó que el inmueble reabrirá sus puertas el 28 de marzo con el
partido ante Portugal, una especie de ensayo general que marcará el regreso
del coloso de Santa Úrsula a la actividad pública tras las intervenciones
estructurales.
La postura tiene lógica simbólica: el Azteca no es un estadio cualquiera. Es el
único en el mundo que ha albergado dos finales de Copa del Mundo (1970 y
1986). Cambiarlo sería casi romper con una narrativa histórica que México ha
capitalizado durante décadas.
Pero también implica riesgo. Apostar todo a una sola sede significa que
cualquier contratiempo tendría repercusiones logísticas, económicas y
deportivas de alto impacto.
En tiempos donde otros países diversifican infraestructuras y aseguran planes
alternativos, México opta por la confianza total en su estadio más emblemático.
Es una decisión que combina tradición, orgullo y, quizá, una pizca de audacia.

Para la afición, la noticia puede ser tranquilizadora: el Mundial seguirá teniendo
casa en el Azteca. Para los organizadores, la presión es clara: cumplir tiempos y
estándares sin margen de error.
Porque cuando no hay Plan B, el Plan A no puede fallar.

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