EDITORIAL
En un giro que no sorprendería a nadie, pero que sin duda
arrancaría más de una sonrisa irónica, Alejandro Moreno Cárdenas ha
decidido activar el modo reconciliación… o, siendo más precisos, el
modo súplica política. El dirigente del PRI anda recorriendo pasillos,
tocando puertas que en su momento él mismo contribuyó a cerrar,
buscando el regreso de viejos conocidos como Miguel Ángel Osorio
Chong y Claudia Ruiz Massieu. Porque, claro, nada grita “renovación”
con más fuerza que volver a juntar al mismo elenco de siempre, como si
el problema nunca hubiera sido precisamente ese.
La escena tiene algo de tragicómico. Es casi entrañable si no fuera
por el trasfondo político ver al líder de un partido que durante décadas
dominó la vida pública del país, ahora intentando reconstruir su círculo
de confianza como quien organiza una reunión de excompañeros de
generación. Pero aquí no hay nostalgia genuina ni anécdotas ligeras: lo
que se percibe es una urgencia palpable, casi desesperada, por evitar
que el PRI se diluya por completo en la irrelevancia.
El mensaje implícito parece sencillo, incluso seductor en
apariencia: “olvidemos el pasado, demos vuelta a la página y
empecemos de nuevo”. Una idea que, en abstracto, suena razonable. El
problema es que ese pasado no es un detalle menor ni un malentendido
pasajero; es, en gran medida, la raíz de la crisis actual del partido.
Pretender que puede borrarse con una invitación cordial y algunas
declaraciones conciliadoras resulta, cuando menos, ingenuo. O, en el
peor de los casos, una estrategia que subestima tanto a los actores
políticos como al propio electorado.
En esta lógica, el perdón funciona casi como un atajo: un borrón exprés
que evita las preguntas incómodas. No hay una autocrítica profunda, ni
un reconocimiento claro de errores estructurales, ni mucho menos una
propuesta convincente de transformación. Solo queda la expectativa de
que los viejos cuadros regresen como si nada hubiera pasado, como si
las rupturas no hubieran existido o no tuvieran consecuencias.
Sin embargo, la gran incógnita es qué incentivo real tendrían
figuras como Osorio Chong o Ruiz Massieu para aceptar el llamado.
Después de todo, abandonar un barco que claramente hace agua para
luego regresar justo cuando el capitán pide ayuda no parece la jugada
más estratégica. Volver implicaría no solo apostar por un proyecto
debilitado, sino también cargar nuevamente con el peso de una marca
política que ha perdido buena parte de su credibilidad. A menos, claro,
que alguien vea en ello una oportunidad ya sea de rescate, de
reposicionamiento o simplemente de administrar los últimos momentos
de influencia.
Cuando la estrategia principal consiste en mirar por el retrovisor,
el camino hacia adelante inevitablemente se vuelve borroso. No hay
claridad de rumbo, no hay narrativa renovada, no hay conexión real con
las demandas actuales de la ciudadanía. Solo hay intentos de
recomposición interna que, aunque puedan generar titulares,
difícilmente construyen futuro.

