Ni discreción ni silencio. El sepelio de “El Mencho” fue todo menos discreto.
Entre corridos, un féretro dorado y un operativo de seguridad digno de película,
el líder criminal fue enterrado en Zapopan bajo la mirada de autoridades y
curiosos.
Al mediodía, el cortejo fúnebre partió hacia el cementerio Recinto de la Paz,
escoltado por un convoy de vehículos artillados de la Guardia Nacional y el
Ejército. En el centro de la escena, dentro de una carroza blanca, destacaba el
ataúd dorado. Porque si algo quedó claro es que incluso la muerte puede
convertirse en espectáculo.
“El Mencho”, identificado como Nemesio Oseguera Cervantes, fue despedido
con música regional que exaltaba su figura. Los corridos resonaron mientras el
féretro avanzaba entre medidas de seguridad reforzadas.
La escena generó reacciones encontradas. Para algunos, fue una muestra del
poder simbólico que aún conservan ciertas figuras del crimen organizado. Para
otros, una evidencia incómoda de cómo la cultura del narco se filtra incluso en
rituales de despedida.
El despliegue de seguridad fue notable. Elementos federales vigilaron el
traslado y la sepultura para evitar incidentes. La imagen del ataúd dorado
rodeado de uniformes oficiales se volvió viral en cuestión de horas.

En redes sociales, la indignación y el morbo compitieron por atención. ¿Cómo se
permite un funeral así? ¿Es solo un acto privado o un mensaje público? Las
preguntas circularon más rápido que las respuestas.
Lo cierto es que el entierro no pasó desapercibido. En un país marcado por la
violencia del narcotráfico, la muerte de un líder criminal no siempre cierra
capítulos; a veces abre interrogantes.
Porque mientras algunos escuchaban corridos, otros recordaban las víctimas
que no tuvieron escoltas ni carrozas blancas.
Y en medio del oro y la música, quedó flotando una imagen poderosa: la del
contraste entre el espectáculo y la realidad que vive el país.

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