por Virgilio Guzmán
Apenas he dormido cuatro horas. Son las siete de la mañana, es una delicia fumar un
cigarro, en este momento sin filtro, sin tirar la ceniza, darle un golpe, ver el rojo de tus
labios detenido ahí, y fumo hasta quemarme la boca, lamiendo la ceniza de tu cuerpo
oscuro, porque me es imposible dejar de sentirte en este momento, en que en la mesa no
está.
Apenas hace unas horas tú, estabas desnuda sobre el plástico opaco, tendida como un
mantel que nunca puse, moviéndote como un cubierto a la hora de la comida, sonando
como la música que te gustaba, entonces sonreías al ritmo del son, y tu cabello olía a
muchas flores recién puestas en la mesa, pero el florero de mis brazos te hacía ramillete, y
nos hubiéramos quedado horas, llenándote de agua, para que nunca te marchitaras, ni
buscaras otro sol más que el de la casa, el que se filtraba por la claraboya, en medio tú de la
mesa, para tener donde dibujar, hacer mis labores, y esperarte, hasta que tapizaras con tu
vientre el último espacio que quedara.
Tu rostro pareciera morir como un acorde en mis manos.
No entiendo de malditas razones que entorpecen el corazón, por qué tienden una desunión
más que ofrecer la ventaja de unos ojos, el resguardo de una piel, acaso en estas calles a
punto de llegar la medianoche, las prostitutas si paladean lo que es un contacto aunque sea
por unos momentos, ellas si se balancean y mecen sus ensueños sobre el filo de su angustia,
y yo no puedo tener a esta mujer que me ha encendido toda mi desdicha, toda la tristeza,
toda la desesperanza, el resquebrajamiento del mundo y la esperanza de otro, pero cómo
voy a llegar a ella si sus malditas manos están bendiciendo en teléfono a otro hijo de puta, y
sonríe por la ventanilla al primer cuerpo con forma presentable, y yo que con mis garras no
me puede mirar de frente como un guiñapo, como una basura que pisotea fácilmente, y en
este pedazo de tierra plagado de hermosas mujeres ninguna me haga caso, y proteste como
el más vencido de todos esta soledad que rebasa cualquier espera, que me ínsita a cruzar las
avenidas como desesperado, a beber del alcohol más corriente y venenoso, a vomitar las
flemas de una enfermedad que viene desde el alma, y que alma me habita si estoy como
diablo esperando maldecir y deshacer toda unión existente, de aquí no ha nacido nada he
echado a perder todo lo sano, todo lo bueno, todo lo futuro y probable, ahora que pensaba
tener a alguien en quién apoyar mis aspiraciones, sólo malverso de omisiones y prejuicios
la cabeza, pero en verdad yo conocí una muchacha que habitaba otra muchacha hermosa y
continuamente aparece la otra y la detesto no quiero volver a tener contacto con esa otra
que me enferma, que me tiene temblando en pleno verano, y me desnuda en pleno invierno
que espero a dónde marcho, a dónde voy sin está fuerza que me está convirtiendo en un
obeso frustrado, en una marea de maldiciones, en un inusitado salto a la nada, por qué estoy
temblando apenas su voz me atravesó el oído sentí mis aspiraciones torcidas como las
ramas de un árbol nocturno donde se cuelgan los jóvenes pensamientos de adolescente, y
ahora que estoy haciendo entumido aquí desentendiendo las horas, escupiendo los minutos
y aventando un odio que quisiera vaciarlo en el excusado y no puedo, carajo no puedo,
quiero tomar el cúter al cual le quedan cuatro filos por utilizar, cortar el rostro del ayer, el
estómago lleno de mierda, los músculos fofos, los ojos pardos como la mirada, los oídos
sordos, mis piernas fuertes.
Tomo la escuadra y comienzo a trazar un camino que desconozco, en verdad desconozco
hasta el por qué pasa este minuto sino quiero que pase, si quiero dejar de mover los dedos,
pero no dejan de moverse, ni el maldito cuerpo responde a mis órdenes, estoy totalmente
extenuado y no he realizado actividad desgastadora, he consumido azúcares como para
endulzarme el culo, y esta silla en que he pasado el día rechina y me molesta, en verdad
todo me molesta, hasta la vecina cuando comienza a caminar en el apartamento que está
arriba del mío, he pensado en hacer un agujero para cortarle los pies y hacer que se arrastre
frente desangrando en sus tacones que me perturban, y orinar sobre su rostro inexpresivo,
sobre su cuerpo de muñeca, sin pezones ni vellos, ni orificios para enterrarle su escoba que
azota todas las mañanas cuando todavía es de madrugada y me barre el suelo, mejor
deberíamos vivir juntos, para tenerla atada en la zotehuela arriba del lavadero restregando
sus malditas ganas de joderme.
No sé cuándo despertó en mí la dureza contra la vida y las personas, pero creo fue cuando
una madrugada caminando por las calles en la ciudad más ventilada del mundo y encontré
mi propio fantasma que me conduce al descanso desecho de mi nada.

