El canciller Marcelo Ebrard lanzó una propuesta que suena lógica, urgente y
hasta patriótica: reducir la dependencia de México en sectores clave como el
farmacéutico y el cárnico. El problema no es la idea… es todo lo que implica.
Durante la revisión del T-MEC, Ebrard dejó claro que el país no puede seguir
dependiendo del extranjero para algo tan básico como medicamentos o
alimentos. Porque cuando hay crisis globales, interrupciones en cadenas de
suministro o tensiones comerciales, México queda vulnerable.
Y sí, la pandemia dejó esa lección bastante clara… aunque parece que apenas
se está tomando en serio.
La propuesta busca fortalecer la producción nacional, impulsar la industria
interna y garantizar autosuficiencia. En teoría, suena como el camino ideal. En
la práctica, implica inversión, tiempo, infraestructura, cambios regulatorios y,
sobre todo, voluntad política constante.
Porque no se trata solo de decir “vamos a producir más”, sino de competir con
gigantes internacionales que ya dominan esos mercados.
Además, hay otro detalle: los intereses económicos. Reducir dependencia
significa también tocar acuerdos, negocios y dinámicas que benefician a ciertos
sectores. Y eso, como siempre, genera resistencia.
El mensaje es claro: México quiere ser menos dependiente. Pero el camino no
será rápido, ni sencillo, ni libre de conflictos.
Al final, la gran pregunta no es si se debe hacer… sino si realmente se hará.

