En medio de una de las celebraciones más importantes del calendario católico,
el Papa León XIV volvió a hacer lo que ya parece una rutina obligada: condenar
la guerra. Y no, no es porque le guste repetir discursos, sino porque el mundo
insiste en no escuchar.
Durante la misa del Domingo de Ramos, el pontífice dirigió un mensaje cargado
de simbolismo y, también, de frustración. Mientras millones de fieles
conmemoraban la entrada de Jesús a Jerusalén —un acto de paz, humildad y
esperanza—, el Papa tuvo que recordar algo tan básico que resulta incómodo: la
violencia sigue siendo el idioma favorito de muchos gobiernos.
Con un tono firme pero pastoral, hizo un llamado a la comunidad internacional
para detener los conflictos armados que siguen dejando miles de víctimas.
Porque sí, en pleno siglo XXI, seguimos resolviendo diferencias con bombas en
lugar de diálogo.
El mensaje no solo fue para los líderes políticos —que probablemente ya tienen
discursos similares archivados—, sino también para la sociedad. El Papa insistió
en que la paz no es solo responsabilidad de los poderosos, sino de cada persona
en su vida cotidiana. Una idea bonita… aunque difícil de aplicar en un mundo
que vive acelerado, polarizado y constantemente en conflicto.
La contradicción fue evidente: mientras se hablaba de fe, perdón y
reconciliación, la realidad global sigue marcada por guerras que no se detienen
ni siquiera en fechas religiosas. Ni pausas simbólicas, ni treguas humanitarias
suficientes.

Porque si algo deja claro este mensaje, es que la fe se predica… pero la
humanidad no siempre la practica.
Y así, entre palmas, procesiones y oraciones, el Papa volvió a decir lo mismo de
siempre. Lo preocupante no es el mensaje, sino que siga siendo necesario
repetirlo.

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