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MONREAL Y SÁNCHEZ CORDERO: LEALTADES FRACTURADAS EN
MORENA
OPINIÓN DE: MARIA RESENDIZ
PACHUCA, HGO., 13 DE MARZO DE 2026
Las disputas actuales podrían interpretarse como señales de
fractura o, por el contrario, como síntomas normales de un partido que
aún está definiendo su identidad como fuerza dominante en la política
mexicana. Lo cierto es que el debate sobre disciplina, convicción y
pragmatismo seguirá siendo una de las pruebas más importantes para el
futuro de la Cuarta Transformación.
La historia política de México está llena de traiciones. No de la
oposición, sino de quienes llegan al poder bajo una bandera popular y
terminan actuando con las mismas prácticas del viejo régimen. Lo que
hoy ocurre dentro de Movimiento Regeneración Nacional vuelve a
confirmar esa amarga constante.
La reciente votación en el Congreso que impidió avanzar una reforma
impulsada por el bloque gobernante ha desatado un debate incómodo: la
lealtad política dentro del movimiento que encabeza Andrés Manuel
López Obrador. Y en el centro de esa polémica aparecen dos figuras que,
para muchos militantes, nunca terminaron de integrarse al espíritu
original del proyecto: Ricardo Monreal y Olga Sánchez Cordero.
Monreal ha construido su carrera política bajo la lógica de la
negociación permanente. Ese pragmatismo, que algunos llaman
habilidad parlamentaria, para otros representa una peligrosa concesión
a las mismas fuerzas que durante décadas bloquearon los cambios que
hoy reclama el país. En política, negociar no siempre es traicionar; pero
cuando la negociación termina debilitando el mandato popular, la línea
entre estrategia y deslealtad comienza a desdibujarse.
El caso de Sánchez Cordero también despierta suspicacias. Su larga
carrera dentro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación refleja una
formación profundamente institucional. Esa experiencia le dio prestigio
jurídico, pero también la vincula con una estructura de poder que
durante años fue parte del sistema que el propio movimiento prometió
transformar.
Para muchos militantes de Morena, el problema no es solo una votación
fallida. Lo que está en juego es algo más profundo: la presencia de
actores políticos que, aunque hoy ocupan cargos dentro del proyecto,
nunca rompieron completamente con la cultura política del pasado.
La Cuarta Transformación prometió cambiar las reglas del juego en
México. Pero ningún proyecto de transformación puede sostenerse si
desde dentro se reproducen las mismas prácticas de cálculo, ambición y
conveniencia que durante décadas definieron la política nacional.
La pregunta ya no es si hubo diferencias internas. Las diferencias
siempre existen en política. La verdadera pregunta es si el movimiento
será capaz de distinguir entre pluralidad legítima y deslealtad disfrazada
de pragmatismo.
Porque cuando quienes llegan al poder olvidan el origen de la lucha que
los llevó ahí, la historia suele repetirse: los proyectos de cambio no caen
por la oposición, sino por las grietas que se abren desde adentro.

