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OPINIÓN DE: MARIA RESENDIZ

PACHUCA, HGO., 03 DE ABRIL DE 2026
La Semana Santa en México así como en todo el mundo, un
tiempo sagrado. Una semana que comienza con el Domingo de Ramos,
recordando la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y que avanza, paso
a paso, hacia el misterio central de la fe cristiana: la pasión, muerte y
resurrección de Cristo. No es únicamente una tradición ni un periodo
vacacional; es una invitación profunda a la conversión del corazón.
Cada día tiene un peso espiritual particular. El Jueves Santo nos
confronta con la humildad del servicio en el lavatorio de los pies y la
entrega total en la Última Cena. El Viernes Santo nos sitúa frente al
dolor, la injusticia y el sacrificio en la cruz. El sábado de Gloria nos
sumerge en el silencio, en la espera, en esa aparente ausencia de luz
que, sin embargo, prepara el milagro. Y finalmente, el Domingo de
Resurrección irrumpe como victoria: la vida sobre la muerte, la
esperanza sobre la desesperanza.
Pero vivir estos días en México implica también hacerlo en medio
de una realidad marcada por el pecado social: la corrupción, la violencia,

la desigualdad. Son cruces contemporáneas que cargan miles de
personas todos los días. Ante ello, la Semana Santa no puede quedarse
en lo ritual o en la costumbre; debe ser un llamado a la conciencia.
Cristo no solo murió hace más de dos mil años; su pasión se refleja
hoy en cada víctima de la injusticia, en cada familia rota por la violencia,
en cada acto de corrupción que hiere el bien común. Y así como hay
cruz, también hay una promesa: la resurrección.
El mensaje cristiano es claro pero exigente: no hay resurrección
sin cruz, no hay transformación sin arrepentimiento. Este es el tiempo de
perdonar, pero también de pedir perdón con sinceridad. De reconocer
nuestras faltas, tanto personales como colectivas. De volver a Dios no
solo con palabras, sino con actos.
En un país herido, la fe cobra un sentido aún más urgente. La
resurrección de Cristo no es un símbolo lejano ni una idea abstracta; es
una promesa viva de que el mal no tiene la última palabra. Que incluso
en medio de la oscuridad más profunda, Dios sigue obrando.
Entre la corrupción y la inseguridad, hay una cruz que todo el
mundo lleva a cuestas. Pero también, inevitablemente, hay Domingo de
Resurrección. Y ese domingo no es solo el final de una semana: es el
inicio de una vida nueva, si estamos dispuestos a creer, a cambiar y a
reconstruir desde la fe.

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