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OPINIÓN DE: MARÍA RESENDIZ
PACHUCA, HGO., 03 DE JULIO DE 2026
A siete años del triunfo electoral de 2018 que llevó a la presidencia
a Andrés Manuel López Obrador, México sigue revisando uno de los
periodos políticos más polarizantes de su historia reciente. Aquel 1 de
julio marcó un punto de inflexión: una victoria contundente que abrió
paso a una administración que se presentó como “cuarta
transformación” de la vida pública del país.
El balance de estos años ha quedado lejos de una lectura única.
Para sus simpatizantes, su gobierno representó una ruptura con
prácticas tradicionales del poder, con énfasis en programas sociales,
austeridad y una narrativa de combate a la desigualdad. Para sus
críticos, en cambio, se trató de una etapa marcada por tensiones
institucionales, debates sobre la concentración del poder y resultados
mixtos en materia de seguridad y crecimiento económico.
En ese contexto, la figura de López Obrador se consolidó como una
de las más influyentes y divisivas del México contemporáneo. Más que
“el más amado” o “el más odiado”, como suele sintetizarse en el
discurso público, su legado parece situarse en un terreno de fuerte
polarización social y política, donde las interpretaciones dependen tanto
de los datos como de las convicciones.
A siete años del triunfo, el país no solo recuerda una elección;
sigue discutiendo sus consecuencias.

