En un país donde la justicia suele pedir pruebas imposibles, esta vez la
evidencia fue contundente, clara y viral. El juez Jonathan Yong Mendoza,
adscrito al Poder Judicial, fue captado en video agrediendo físicamente a su
pareja en Cancún, desatando una ola de indignación que no tardó en traducirse
en exigencias públicas de destitución inmediata.
Las imágenes, difundidas ampliamente en redes sociales, muestran una escena
que contradice por completo la investidura del cargo que ostenta el funcionario.
El mismo hombre encargado de impartir justicia aparece ejerciendo violencia,
una paradoja que encendió las alarmas entre colectivas feministas,
organizaciones civiles y ciudadanos que exigen coherencia institucional.
Porque no se trata solo de un caso de violencia de género —que de por sí es
grave—, sino del perfil del agresor. Cuando un juez cruza la línea, la pregunta es
inevitable: ¿quién vigila a quienes juzgan? Las colectivas han sido claras: no
basta con abrir una investigación administrativa; exigen su separación
inmediata del cargo y un proceso transparente, sin privilegios ni dilaciones.
El caso también reabre una herida estructural: la normalización de la violencia
ejercida desde posiciones de poder. En México, miles de mujeres denuncian
agresiones cada año y se topan con un sistema que minimiza, posterga o
archiva. Que ahora el agresor sea parte de ese mismo sistema solo agrava el
mensaje de impunidad.
Hasta el momento, las autoridades han informado que el caso está siendo
revisado por las instancias correspondientes, aunque el silencio institucional ha
sido interpretado por muchos como una respuesta tibia frente a un hecho que
exige contundencia. Las colectivas, por su parte, advierten que no permitirán
que el caso se diluya en trámites internos.
Este episodio deja una lección incómoda pero necesaria: la toga no blinda
contra la responsabilidad. Y cuando la justicia se ejerce con violencia, pierde

toda autoridad moral. Hoy, el juez está bajo el escrutinio público. Y esta vez, no
hay fallo que pueda ocultar lo evidente.

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