Durante años, el Senado de la República fue escenario de intensos debates,
reformas históricas… y al parecer, de retoques estéticos discretos. Esta
semana salió a la luz la existencia de un salón de belleza al interior del recinto
legislativo, un espacio que, según la versión oficial, “no utilizaba recursos
públicos”, pero que aun así terminó clausurado. Porque nada dice transparencia
como cerrar algo que supuestamente no existía.
La presidenta del Senado, Laura Itzel Castillo, confirmó públicamente la
presencia del salón y aseguró que su operación no implicaba gasto alguno para
el erario. Es decir, un lugar con infraestructura, servicios y personal que, por
arte de magia administrativa, funcionaba sin costarle un solo peso al
contribuyente. Una especie de milagro presupuestal digno de canonización
legislativa.
El espacio, que habría sido utilizado por trabajadores y legisladores, despertó
críticas inmediatas en redes sociales y en la opinión pública. No tanto por la
idea de un salón de belleza —cada quien su vanidad—, sino por el simbolismo:
mientras millones de ciudadanos enfrentan dificultades económicas, el
Congreso parecía ofrecer comodidades dignas de spa interno, aunque
oficialmente “gratis”.

Ante la polémica, la respuesta fue rápida: clausura inmediata. Sin mayores
explicaciones sobre cómo funcionaba, quién lo administraba o bajo qué
esquema operaba sin recursos públicos. La narrativa oficial optó por el camino
conocido: reconocer lo mínimo, cerrar el tema —literalmente— y seguir
adelante.
Este episodio vuelve a poner sobre la mesa un viejo reclamo ciudadano: la
distancia entre la clase política y la realidad cotidiana. Porque aunque no haya
habido gasto público comprobado, la percepción pesa. Y en política, la
percepción suele ser más costosa que cualquier factura.
El salón ya no opera, pero la pregunta permanece abierta: ¿cuántos otros
espacios “invisibles” existen dentro de las instituciones que, según se dice, no
cuestan nada, pero terminan costando credibilidad? En tiempos donde se exige
austeridad, la transparencia no debería maquillarse.

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