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LA CORRUPCIÓN ESTÁ DEVORANDO A MORENA DESDE DENTRO
POR LA REDACCIÓN
PACHUCA, HGO., 06 DE FEBRERO DE 2026
Morena nació como un movimiento de ruptura, donde su razón de
ser fue clara desde el inicio: combatir la corrupción que por décadas se
enquistó en el poder público y que convirtió al gobierno en un botín de
unos cuantos. Andrés Manuel López Obrador construyó su liderazgo y su
proyecto político sobre esa bandera, enfrentando al viejo régimen,
denunciando abusos y señalando, una y otra vez, que la corrupción era el
principal mal del país.
Durante años, AMLO insistió en que no podía haber transformación
sin limpiar la vida pública. Su discurso conectó con millones de
ciudadanos cansados del saqueo, de los privilegios y de la impunidad
que caracterizaron al priismo y a sus aliados históricos. Morena se
presentó, entonces, como una alternativa ética, distinta, ajena a esas
prácticas.
Hoy, sin embargo, esos ideales comienzan a resquebrajarse. En
distintos estados y municipios, los señalamientos por corrupción, uso
indebido de recursos, tráfico de influencias y abuso de poder ya no son
hechos aislados. Lo más grave no es la existencia de estos casos, sino
la forma en que se enfrentan: con silencio, con justificaciones o con una
defensa automática que recuerda demasiado a los vicios del pasado.
La corrupción está haciendo en Morena lo que la oposición no ha
logrado: desgastarlo desde dentro. Y gran parte de ese desgaste tiene
nombre y apellido político. El partido se llenó de priistas reciclados, de
operadores del viejo sistema que cambiaron de siglas, pero no de
prácticas. Priistas disfrazados de morenistas que encontraron en el
movimiento una nueva plataforma para reproducir los mismos abusos
que antes decían combatir.
El problema no es menor. Cuando la lealtad partidista se impone
sobre la ética pública, el mensaje es devastador: no importa el discurso,
lo que importa es el poder. Así, la promesa de transformación se diluye y
la corrupción deja de ser una excepción para convertirse en una
constante incómoda.
AMLO siempre sostuvo que no podía haber gobierno rico con
pueblo pobre, ni autoridad moral sin congruencia. Hoy, muchos de los
cuadros que gobiernan bajo las siglas de Morena parecen haber olvidado
esa lección. Peor aún: la están traicionando.
La ciudadanía no es ingenua. Observa cómo aquellos que antes
eran símbolos del viejo régimen hoy se presentan como defensores del
cambio, mientras reproducen las mismas prácticas de opacidad e
impunidad. Esa contradicción erosiona la credibilidad del movimiento y
pone en riesgo el legado que López Obrador buscó construir.
Morena aún está a tiempo de corregir el rumbo, pero la advertencia
es clara: si no se enfrenta la corrupción con la misma firmeza con la que
se denunció en el pasado, el proyecto perderá su esencia. No bastan
discursos ni evocaciones al pasado. La transformación se demuestra
con hechos, con sanciones y con una limpia interna real.
Porque cuando un movimiento abandona sus principios y se rodea
de lo peor del viejo sistema, no solo traiciona a su líder fundador.
Traiciona, sobre todo, a la gente que creyó que esta vez sí sería
diferente.

