El mundo volvió a enfrentarse a una de las imágenes más
dolorosas que puede ofrecer la guerra: mochilas infantiles cubiertas de
polvo, cuadernos abiertos entre los escombros y un patio escolar
convertido en silencio. Así también, La muerte del Ayatolá Alí Jamenei,
líder supremo de Irán, murió el sábado durante los ataques militares
estadounidenses e israelíes contra su país. Tenía 86 años. confirmada
tras ataques conjuntos de EE. UU. e Israel a finales de febrero/principios
de marzo de 2026, lo que represento una crisis de poder histórica, la
posible ruptura del régimen islámico desde 1979 y un aumento crítico en
la inestabilidad de Medio Oriente, con el ataque contra la escuela
primaria Shajareh Tayyebeh, en la ciudad de Minab, en Irán, dejó
decenas y según algunos reportes más de un centenar de víctimas, en
su mayoría niñas que estaban en clase cuando un misil impactó el
edificio.
Algunas fuentes hablan de más de 160 menores fallecidas; otras
estimaciones elevan la cifra de víctimas totales aún más, mientras los
equipos de rescate buscaban cuerpos bajo los escombros.
Pero más allá de la cifra exacta 165, 180 o incluso más hay una
verdad que ninguna estadística puede suavizar: eran niñas.
Niñas que esa mañana salieron de casa con uniforme escolar.
Niñas que llevaban cuadernos, lápices y sueños.
Niñas que deberían haber estado aprendiendo, riendo y construyendo su
futuro.
Las guerras siempre hablan de estrategias, territorios y poder. Sin
embargo, cuando las bombas caen sobre una escuela, queda al
descubierto la peor derrota de la humanidad: la incapacidad de proteger
la inocencia.
Una niña jamás debe ser violentada, una niña jamás debe ser
convertida en cifra, una niña jamás debe ser víctima del odio de los
adultos.
Las niñas del mundo no nacen para vivir bajo el ruido de las balas y
menos de las explosiones. Nacen para imaginar, para estudiar, para
correr en los patios, para inventar sueños que algún día cambien el
mundo.
Cada niña debería tener derecho a algo simple y poderoso: soñar.
Soñar con ser médica, maestra, artista, científica.
Soñar con un futuro largo, lleno de oportunidades. Soñar con una vida
donde la escuela sea un lugar de esperanza, no de muerte.
Cuando una bomba cae sobre un salón de clases, no solo destruye
un edificio: destruye futuros que jamás conoceremos, historias que
jamás se escribirán.
Hoy el mundo debería guardar silencio por esas niñas. Pero
también debería aprender algo de su ausencia: la violencia nunca puede
ser el camino. Porque una niña no pertenece a la guerra.
Pertenece al mañana.

