En un giro que hace unos años habría parecido más ficción que realidad, el papa
León XIV sostuvo un encuentro en el Vaticano con la arzobispa de Canterbury,
Sarah Mullally, la primera mujer en liderar la Iglesia de Inglaterra y figura clave
de la comunión anglicana mundial.
Sí, leyó bien: el líder de la Iglesia católica orando junto a una mujer que no solo
es religiosa, sino que además ocupa uno de los cargos más altos dentro de otra
tradición cristiana. Algo que, hasta hace poco, habría provocado más de un
infarto en los sectores más conservadores.
Durante la reunión, León XIV prometió seguir trabajando para superar las
diferencias entre ambas Iglesias, incluso aquellas que parecen “intratables”.
Una palabra elegante para describir décadas —o siglos— de desacuerdos
doctrinales, especialmente en temas como la ordenación de mujeres, que sigue
siendo una línea roja para el Vaticano.
El encuentro no es menor. Representa un paso simbólico en un camino lleno de
tensiones históricas entre católicos y anglicanos. Pero también refleja una
realidad incómoda: mientras algunas instituciones avanzan hacia la inclusión,
otras siguen debatiendo si las mujeres pueden —o deben— tener voz en
espacios de poder religioso.
La presencia de Mullally, en sí misma, ya es una declaración. Su liderazgo en la
Iglesia de Inglaterra rompe con tradiciones arraigadas y abre la puerta a nuevas
formas de entender la autoridad espiritual.

Por supuesto, nadie espera que este tipo de reuniones resuelva de la noche a la
mañana siglos de división. Pero al menos deja una imagen poderosa: dos figuras
religiosas, de mundos distintos, reconociendo que quizá —solo quizá— dialogar
no es tan peligroso como parecía.
Eso sí, queda la duda: ¿es el inicio de un cambio real o solo una foto bonita para
la historia?

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