Un programa creado para compensar a extrabajadores terminó convertido en
algo muy distinto. Jesús Ramírez habría utilizado un fondo de 27 mil millones de
pesos como instrumento de operación política, según señalamientos que
apuntan a un uso discrecional del programa de “compensación vitalicia”
destinado a exintegrantes de la extinta Luz y Fuerza del Centro.
En el papel, el programa tenía un objetivo claro: ofrecer un respaldo económico
a trabajadores afectados por la desaparición de la empresa. En la práctica, de
acuerdo con las acusaciones, el fondo habría sido usado como una poderosa
herramienta de control político, clientelismo y movilización de apoyos.
El señalamiento no es menor. Hablar de 27 mil millones de pesos implica no
solo una cantidad monumental de recursos públicos, sino una estructura capaz
de influir en decisiones, lealtades y dinámicas políticas durante años. Un
programa social convertido en palanca de poder.
Jesús Ramírez, figura clave en la operación política de distintos momentos,
aparece ahora en el centro de un debate incómodo: el uso de recursos públicos
con fines que poco tienen que ver con justicia social. Para críticos, el caso
confirma una práctica recurrente en la política mexicana: programas nobles en
el discurso, pero estratégicos en la operación.
El tema revive una discusión de fondo: ¿quién vigila los programas sociales
cuando dejan de ser solo apoyos y se convierten en instrumentos políticos?
¿Dónde termina la ayuda y comienza la manipulación?
Mientras las autoridades revisan y el debate crece, el caso expone una verdad
incómoda: el poder no siempre se ejerce desde los cargos visibles, sino desde
el control de los recursos.
Y cuando esos recursos suman miles de millones, el impacto va mucho más allá
de cualquier discurso.
