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OPINIÓN DE: MARIA RESENDIZ

PACHUCA, HGO., 24 DE ABRIL DE 2026
Cada 30 de abril, el Día del Niño vuelve a recordarnos una verdad
que a veces se menciona de forma superficial: la infancia no es solo una
etapa de ternura y celebración, sino una responsabilidad colectiva. En
México, esta fecha suele llenarse de festivales escolares, regalos,
dulces y actividades recreativas, pero también deja al descubierto una
pregunta incómoda: ¿qué tanto estamos garantizando realmente los
derechos de las niñas y los niños más allá de un solo día?
El espíritu del Día del Niño debería ir mucho más allá del festejo.
Es una oportunidad para reflexionar sobre las condiciones en las que
crecen millones de menores: acceso a educación de calidad, nutrición
adecuada, seguridad, atención emocional y entornos libres de violencia.
Sin embargo, en muchos contextos, estos derechos siguen siendo más
una aspiración que una realidad cotidiana.
Resulta contradictorio que mientras se organizan eventos festivos
en escuelas y espacios públicos, persistan problemáticas como la
desigualdad, el trabajo infantil, la deserción escolar o la falta de
atención a la salud mental infantil. La celebración, entonces, corre el

riesgo de convertirse en un gesto simbólico que no siempre se traduce
en acciones concretas.
El Día del Niño debería incomodar un poco más a la sociedad
adulta. No en el sentido de arruinar la celebración, sino de recordarnos
que proteger la infancia no es opcional ni esporádico. Implica decisiones
constantes en política pública, inversión social y también en el ámbito
familiar.
Celebrar a la niñez no debería limitarse a un día de regalos y
actividades recreativas. Debería ser el punto de partida para evaluar qué
estamos haciendo o dejando de hacer como sociedad para garantizar
que cada niño y niña pueda crecer con dignidad, oportunidades y
seguridad.

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