La presidenta Claudia Sheinbaum salió a defender la reforma electoral como
quien defiende una receta familiar: “es razonable”, “no pasa nada”, “nadie se
asuste”. Con toda calma pidió al Congreso certeza, claridad y un voto
responsable sobre la iniciativa… que, irónicamente, ha generado cualquier cosa
menos certeza entre especialistas, oposición y una parte del propio electorado.
Sheinbaum aseguró que la reforma es necesaria para “fortalecer la democracia”
y que todo está planteado con la mejor intención del mundo. Y claro, si algo nos
enseña la política mexicana es que absolutamente todas las reformas
electorales vienen cargadas de puras buenas intenciones… hasta que llega el
momento de aplicarlas. Allí es cuando uno descubre que, casualmente,
terminan beneficiando a alguien. Qué coincidencia.
La mandataria subrayó que se trata de un proyecto “razonable”, lo cual siempre
suena maravilloso, salvo por el pequeño detalle de que cada bando tiene su
propia definición de “razonable”. Para sus críticos, reducir costos y reorganizar
al INE puede sonar más a cirugía sin anestesia que a una intervención sensata.
Para sus simpatizantes, es una modernización necesaria.
Eso sí, Sheinbaum pidió calma. Mucha calma. Como si el país entero no hubiera
aprendido ya que las reformas electorales suelen ser el equivalente político a
moverle cables a un avión en pleno vuelo: puede salir bien… o pueden caer
todos.
El mensaje de la presidenta busca transmitir confianza, pero llega justo cuando
el ambiente político ya está bastante inflamado. Analistas advierten que
cualquier cambio al árbitro electoral —por mínimo que sea— afecta la
percepción de imparcialidad. Y en un país donde la desconfianza se cultiva sola,
incluso las propuestas “razonables” parecen sospechosas.

Aun así, Sheinbaum se mantiene firme en que la reforma dará mayor certeza al
futuro democrático del país. Lo dice con la seguridad de quien jura que ese
cable suelto del avión “no afecta nada”.
Lo único claro es que la discusión será larga, polémica y emocional. Porque si
algo caracteriza a México es que hablar de elecciones nunca es un asunto
técnico: es casi deporte extremo.

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