El Congreso de Estados Unidos decidió darle un toque de dramatismo digno de
serie de televisión al caso Epstein reactivando el proceso para declarar en
desacato a Bill y Hillary Clinton. Sí, los mismos Clinton que han estado en
teorías conspirativas desde que Internet era en blanco y negro. Esta vez,
legisladores empujan el argumento de que la pareja habría sido “poco
cooperativa” en la entrega de información relacionada con el escándalo
Epstein, el magnate con conexiones de medio planeta que terminó muerto en
prisión bajo circunstancias que siguen alimentando memes, sospechas y
discusiones interminables.
El proceso, impulsado principalmente por congresistas republicanos, se
presenta como una cruzada por la “transparencia”, aunque no falten los que
sugieren que el verdadero objetivo es político: mantener vivo un caso que
genera morbo, clics y ruido suficiente para revivir viejos fantasmas electorales.
Mientras tanto, los Clinton responden a través de portavoces asegurando que ya
entregaron lo que tenían que entregar y calificando las acusaciones como un
espectáculo más en tiempos de hiperpolarización.
El Congreso, por su parte, dice que insistirá en obtener cada documento, correo,
registro y hasta suspiros legales relacionados con Epstein. Si el desacato
procede, abriría la puerta a sanciones simbólicas o incluso legales, aunque el
camino es largo y, como siempre, más político que jurídico.
Entre dimes, diretes y titulares, el caso Epstein vuelve a estar en el centro del
huracán. Y si algo queda claro es que Estados Unidos no solo vive de
escándalos: vive de reciclarlos. Los Clinton lo saben, el Congreso lo sabe y el
público… también.
