La Suprema Corte de Justicia de la Nación decidió desempolvar uno de esos
temas que hacen sudar a abogados, políticos y a cualquiera que haya repetido
la frase “cosa juzgada” sin saber exactamente qué significa. Y lo hizo con
contundencia: las sentencias emitidas por sus extintas Salas y por el Pleno son
intocables, punto. No se revisan, no se cuestionan, no se abren como si fueran
una caja llena de papeles olvidados.
Según la Corte, reabrir fallos definitivos sería dinamitar la seguridad jurídica del
país, crear incertidumbre y poner a temblar a más de un juez que había dado por
cerrados sus expedientes. En otras palabras: lo que ya se resolvió, ya se
resolvió. Fin de la historia.
O bueno… casi fin.
Porque en un giro digno de novela legal, la Corte sí dejó abierto otro debate, uno
que promete generar polémica y titulares: analizará si se pueden revisar
sentencias definitivas de jueces cuando exista la presunción de fraude
procesal. Ahí está la ventana, pequeña pero poderosa, para entrar a territorios
que muchos pensaban blindados.
La ironía, por supuesto, no tarda en asomarse: si no se puede revisar lo que ya
está decidido… excepto cuando tal vez sí, porque podría haber fraude…
entonces, ¿qué tan intocable es realmente la cosa juzgada? La Corte lo explica
como un equilibrio necesario entre estabilidad jurídica y justicia sustantiva. Los
críticos lo ven como una invitación a abrir cajas de Pandora cuidadosamente
archivadas.
Este señalamiento sobre el fraude procesal no es menor. En un sistema judicial
donde abundan sospechas, chismes, filtraciones y rumores, la posibilidad de

revisar casos bajo esa etiqueta puede desatar presiones, expectativas y
temores. Algunos aplauden la decisión como una vía para corregir injusticias
profundas; otros temen que se convierta en un pretexto para reabrir litigios
eternos.
Por ahora, lo que queda firme es el mensaje principal: las sentencias de la Corte
no se tocan. No importa si fueron aprobadas hace cinco, diez o veinte años;
reabrirlas sería, según los ministros, desestabilizar el sistema jurídico entero.
Pero con esa ventanita abierta, más de uno ya prepara argumentos, notas
periodísticas y discursos sobre “justicia verdadera”.
Y como siempre en México, donde hay una puerta entreabierta, pronto habrá
alguien empujando para entrar.

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