En San Lázaro, Morena encendió las alarmas políticas al advertir que la reforma
electoral podría quedar en suspenso si no logra cerrar acuerdos con sus aliados
tradicionales: el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de
México (PVEM). El partido guinda reconoció que, aunque mantiene mayoría,
necesita cohesión interna para aprobar cambios constitucionales, algo que no
está del todo asegurado en este momento.
La reforma electoral —una pieza central del proyecto político del gobierno—
incluye modificaciones en la estructura del INE, ajustes en procedimientos de
votación y cambios en las facultades de los organismos electorales locales.
Para Morena, se trata de una oportunidad histórica de “actualizar el sistema
democrático”. Para la oposición, es un intento por controlar instituciones clave.
Y para el PT y el PVEM… es aparentemente una oportunidad de renegociar su
peso político.
Según fuentes legislativas, los desacuerdos no giran únicamente en torno al
contenido de la reforma, sino también a posiciones, cuotas y la eterna pelea por
quién influye más en el diseño final. Morena presiona para que el bloque se
mantenga unido; de lo contrario, la reforma quedaría sin los votos necesarios
para avanzar.
En medio del jaloneo, la oposición observa con cautela, consciente de que
cualquier ruptura dentro del bloque oficialista podría frenar o diluir el proyecto.
Mientras tanto, Morena insiste en que el diálogo sigue abierto, aunque admite
que el tiempo legislativo comienza a apretarse.

La reforma electoral, uno de los temas más polémicos de los últimos años,
podría enfrentar su mayor obstáculo: no la oposición… sino las tensiones entre
los propios aliados.

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