Cuando uno piensa en diplomacia, imagina cenas elegantes, discursos medidos
y sonrisas cuidadosamente calculadas. Lo que nadie imagina es una embajada
convertida en un campo de batalla laboral… pero exactamente eso es lo que
dejó tras de sí Josefa González-Blanco, quien abandonó la representación de
México en Reino Unido con, nada más y nada menos, 16 denuncias por acoso
laboral.
Sí, dieciséis. No una, no dos, no una “serie de malentendidos”. Dieciséis.
La cifra ya de por sí es un titular, pero el ambiente que describen
excolaboradores es digno de una serie dramática: presiones indebidas, gritos,
humillaciones y un clima en el que la diplomacia brillaba por su ausencia. Una
realidad que contrasta con la imagen institucional que se espera de cualquier
embajada… y que, al parecer, se resquebrajó con entusiasmo durante su
gestión.
González-Blanco renunció oficialmente, pero su salida huele más a evacuación
que a despedida protocolaria. Aunque ella sostiene que las denuncias son
“exageraciones” y “distorsiones de la realidad”, el cúmulo de testimonios y la
magnitud del caso hacen difícil encajar su versión en la narrativa oficial. Y
como suele pasar en estos episodios, mientras el discurso intenta mantenerse
firme, la opinión pública ya tomó su decisión: donde hay 16 denuncias, hay
humo… y probablemente fuego.
La Secretaría de Relaciones Exteriores ha mantenido un tono prudente —quizá
demasiado— y ha evitado por ahora pronunciamientos fuertes. La pregunta es
inevitable: ¿cómo terminó acumulándose un expediente tan grave sin que nadie
levantara la mano antes? ¿En qué momento una oficina diplomática se convirtió
en un infierno laboral?
Mientras tanto, la exembajadora deja Londres no con honores, sino con titulares
incómodos que seguirán persiguiéndola. Y aunque el Gobierno asegura que
“investigará”, el caso ya quedó instalado como otro episodio que muestra cómo

posiciones de alto nivel siguen funcionando bajo dinámicas de poder que —para
decirlo con ironía diplomática— no deberían verse ni en oficinas de bajo
presupuesto.
La embajada seguirá. La diplomacia seguirá.
Pero el caso de González-Blanco quedará como recordatorio de que, a veces, el
peor conflicto internacional ocurre dentro de las oficinas.

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