La Fiscalía de Oaxaca confirmó la detención de siete policías presuntamente
involucrados en el homicidio de un menor de edad. Sí, siete. No uno, no dos:
siete. Porque al parecer, cuando las cosas se hacen mal, se hacen en equipo.
El caso ha desatado indignación nacional, y no es para menos. La idea de que
quienes deberían proteger a la población terminen señalados como
responsables de la muerte de un niño es una de esas realidades que ni la ficción
más trágica se atrevería a escribir. Pero aquí estamos.
Según la Fiscalía, los agentes ya fueron puestos a disposición de un juez, donde
se determinará su situación jurídica. Los hechos ocurrieron durante un
operativo que, supuestamente, debía mantener el orden, pero terminó en un
crimen que estremeció a toda la comunidad. La institución asegura que no
habrá protección ni privilegios, aunque ya sabemos que en México estas frases
se dicen tantas veces que uno ya no sabe si creerlas o archivarlas mentalmente
junto a “ahora sí ya no habrá corrupción”.
Lo que sí es claro es que la presión pública ha sido determinante. La sociedad
exige justicia real, no discursos. Exige procesos transparentes y responsables,
no comunicados con tono genérico. La muerte de un menor a manos de quienes
portan uniforme pone en jaque a cualquier institución, porque evidencia que no
se trata de “manzanas podridas”… sino de un sistema que necesita reforma
urgente.
Mientras tanto, la comunidad afectada llora la pérdida, organizaciones piden
garantías y la Fiscalía insiste en que actuará conforme a derecho. Suena bien,
pero el país está acostumbrado a ver casos donde el proceso se diluye, se
pierde, se desgasta o se olvida.
La detención de los siete policías es apenas el primer paso. Lo que sigue es
demostrar que la justicia no es una palabra decorativa. Porque si un niño no
puede estar seguro ni frente a quienes portan insignias del Estado, entonces
¿ante quién puede estarlo?
México no necesita más tragedias para entender que la autoridad debe ser
vigilada igual —o más— que cualquier ciudadano. Ojalá este caso no termine en
la pila de expedientes inconclusos. Ojalá esta vez, sí.

