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¡ENTRE LEALTADES Y AMBICIONES!
OPINIÓN DE: MARIA RESENDIZ
PACHUCA, HGO., 13 DE FAEBRERO DE 2026
la periodista Olga Wormat, quien ha interpretado la publicación
como un libro Scherer y Meléndez, tiene un fondo de agravios
personales contra un proyecto político que, en su momento, brindó
espacios y oportunidades al propio autor. Desde esta lectura, la
obra no sería únicamente un ejercicio testimonial, sino una
expresión de ruptura política y desencuentro interno, sin que
hayan probado sin ninguna prueba. El Padre señor Julio Sherer,
fue un gran periodista quien no le aprendió nada de honestidad, y
el coautor es un hombre obscuro.
Esa perspectiva introduce un elemento relevante: la tensión entre
memoria, lealtad y poder. En movimientos políticos amplios,
especialmente aquellos que se construyen alrededor de una
narrativa transformadora, las diferencias internas suelen adquirir
un carácter más intenso cuando se hacen públicas. Lo que para
algunos es denuncia legítima, para otros puede representar una
vendetta política o una disputa por influencia.
Sin embargo, más allá de las interpretaciones, el núcleo del
asunto permanece en el terreno institucional. Las acusaciones
sean motivadas por diferencias políticas, personales o
estratégicas deben analizarse bajo estándares verificables. En
democracia, ni la cercanía previa ni la ruptura posterior
determinan por sí mismas la veracidad de los señalamientos. Lo
que importa es la existencia de pruebas y la actuación de las
instancias competentes.
El contexto actual añade otra capa de análisis. La presidenta
Claudia Sheinbaum ha expresado respaldo a Ramírez Cuevas,
enviando un mensaje de continuidad y cohesión interna. Ese gesto
político busca contener cualquier percepción de fractura dentro
del proyecto. Pero la estabilidad no excluye la necesidad de
transparencia. Al contrario, la fortalece.
En el libro, Scherer Ibarra acusa a Ramírez Cuevas de impulsar la
publicación de un decreto presidencial para beneficiar a
extrabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza, quienes habrían
recibido indemnizaciones cuando ya habían sido liquidados, con un
cargo al erario público por más de 20.000 millones de pesos.
También se revelan presuntos vínculos del exvocero con Sergio
Carmona, un empresario conocido como “el rey del huachicol” que
fue asesinado en 2021 y al que también se vinculaba con el
financiamiento ilegal de campañas políticas. En diversas
menciones, los autores acusan a Ramírez Cuevas de manipular las
mañaneras de López Obrador, de filtrar al presidente la
información que abordaba en dichas conferencias, y de
beneficiarse económicamente con los contratos de publicidad
oficial que estaban bajo su control en la coordinación de
comunicación social de la presidencia y a través del
periódico Regeneración, vinculado a Morena.
“Nunca he establecido relaciones personales o políticas con
delincuentes, tampoco con empresarios ni banqueros venales que
se aprovechan de la necesidad de la gente para expoliarlos y
despojarlos. Desde que soy funcionario público no he participado
en la organización ni el financiamiento de ninguna campaña
electoral. No he promovido el financiamiento privado hacia ningún
candidato. Todo lo que se dice en medios respecto al huachicol
fiscal es falso. Reto a mis detractores a presentar alguna prueba
ante tribunales. Nunca financié medios de comunicación ni
comunicadores, ni sembré preguntas ni respuestas, creo en la
libertad de expresión y en el libre albedrío de la gente. Tampoco
organizo ejércitos de bots ni financio pautas digitales, ni páginas
clandestinas o de ataques”, ha refutado el funcionario.
La respuesta de Ramírez Cuevas llega en medio de la difusión de
los extractos del libro de Scherer Ibarra y las especulaciones
sobre su probable salida del Gobierno, que la propia presidenta
descartó el pasado lunes. Cuestionada sobre si Ramírez Cuevas
había renunciado a su cargo actual de coordinador de asesores,
Sheinbaum respondió con un espaldarazo al exvocero de López
Obrador, recordando que lo conoció desde que ambos eran
activistas del movimiento estudiantil en los años 80.
Desde su fundación, MORENA se presentó como un instrumento de
transformación profunda, articulado alrededor del liderazgo de Andrés
Manuel López Obrador. Su llegada a la Presidencia marcó un parteaguas
histórico: por primera vez, un dirigente formado en la oposición nunca a
perdonado que un indio de izquierda y originario de Macuspana
alcanzaba el máximo cargo del país con un respaldo popular
contundente. Ese hecho no solo reconfiguró el mapa electoral, sino que
alteró inercias políticas que parecían inamovibles.
La oposición, debilitada tras la derrota de 2018, no ha logrado
articular un proyecto alternativo con la misma fuerza simbólica. Parte de
su discurso ha girado en torno a cuestionar el estilo personal de
gobernar de López Obrador, su narrativa polarizante y su concentración
de poder. Sin embargo, más allá de las críticas externas, el verdadero
reto para MORENA parece estar en la institucionalización del
movimiento: pasar de ser una fuerza por un liderazgo carismático a
convertirse en un partido de vida interna democrática y disciplina
política.
Las “traiciones” o fracturas que hoy se comentan candidaturas
disputadas, para el 2027, por lo que los grupos regionales enfrentados,
acusaciones cruzadas son, en parte, el reflejo de un crecimiento
acelerado. Cuando un partido se vuelve hegemónico, atrae perfiles
diversos: militantes genuinos, aliados pragmáticos y actores que ven en
la marca una vía rápida al poder. La pregunta de fondo es si MORENA
podrá mantener la narrativa ética que le dio origen o si sucumbirá a los
vicios que históricamente criticó.
El momento exige madurez. Para el partido en el poder, significa
demostrar que su proyecto es más grande que cualquier liderazgo
individual. Para la oposición, implica reconocer que la derrota no se
supera con resentimiento, sino con renovación. Y para la ciudadanía,
supone vigilar que el pluralismo y la democracia prevalezcan por encima
de cualquier interés faccioso.